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Archivo de la Categoría 'Oraciones'

¡Cómo está el mundo!
Me digo todos los días
cuando abro el periódico,
mientras escucho el noticiero
en la radio o la televisión,
o tal vez si vuelvo a ver
a algún hombre, mujer o niño
mendigar por las calles de mi ciudad.

¡Cómo está el mundo!
Exclama la madre y se asusta
porque no ve un futuro claro para sus hijos,
porque sube cada vez más el precio de la compra
o porque de nuevo ha visto en la calle tirado
a un joven y su jeringa.

¡Cómo está el mundo!
Se oye en el trabajo.
Cada vez más paro y menos salario,
más difícil sacar adelante la familia,
más tristeza acumulada en el que se cree inútil
porque no hay un puesto para él.

¡Cómo está el mundo!
Es un coro a cuatro,
a seis,
a cinco mil millones de voces.
Una polifonía sorda que nos abruma
y nos llena de tristeza,
de escandalosa admiración,
de imposible desesperanza.

¡Cómo está el mundo!
Grita un Crucificado en Viernes Santo.
Alza, extiende, eleva sus brazos
y expira.
Y descansa y muere y resucita
tal y como está el mundo.

Javier F. Chento

Concédeme el don

Señor, concédeme el don de ser como un niño
para saber mirar a los demás con transparencia.

El paso de los años han cargado mi vida
de suspicacias, temores, problemas,
cobardías, tristezas,
que me pesan como un fardo sobre la espalda.

Concédeme el don de volver al principio,
de saber confiar en los demás
de tener esperanza,
de saber compartir con limpieza
lo que de Ti he recibido.

Vuélveme niño otra vez,
para recibir de ti la promesa de felicidad.
Quítame toda desconfianza,
toda ansiedad, todo egoísmo, todo pecado,
que me impiden llegar hasta ti.

Si yo no te alcanzo, vuélvete, Señor, a mí.
Mira a tu pobre siervo
y ayúdale a ponerse en pie de nuevo,
como un padre ayuda a su hijo.

Concédeme el don, Señor,
de la vida primera de un niño.

Javier F. Chento

Para que la paz sea algo más que una palabra,
tendré que arrimar el hombro y ponerme a trabajar
y en el día a día convertir los actos de violencia
en frutos de serenidad y esperanza.

Para que la paz sea algo más que una palabra,
buscaré en mi interior lo que me hace violento
en mi casa, mi trabajo, con mis amigos y conocidos
y extirparé de mi corazón todo odio
que me separa de mi meta.

Para que la paz sea algo más que una palabra,
tendré que volver a decirme a mí mismo
que lo primero será siempre pacificarme yo
para así poder pedir la paz,
y ser de Dios
para acercar el Reino de paz a los hombres.

Para que la paz sea algo más que una palabra,
contaré con el aliado divino que me acompañará,
al Señor de la paz,
cordero de Dios que superó la violencia
mostrando la otra mejilla
y perdonando a quienes le clavaban la corona de espinas.

Javier F. Chento

Con los ojos

No quiero mirar, Señor, con los ojos
del que sabe,
del que tiene,
del que puede,
del que es.
Enséñame a mirar con los ojos
del que sirve,
del que comparte,
del que acoje,
del que transforma.

Javier F. Chento

Él siempre ama

Él ama,
Jesús ama,
Él siempre ama.

Al pobre
y al rico.
Al enfermo
y al sano.

Él ama,
Jesús ama,
Él siempre ama.

Al joven
y al viejo.
Al blanco
y al negro.

Él ama,
Jesús ama,
Él siempre ama.

Al ladrón
y al justo.
Al trabajador
y al parado.

Él ama,
Jesús ama,
Él siempre ama.

Al drogadicto,
al borracho.
A la mujer
y al hombre.

Él ama,
Jesús ama,
Él siempre ama.

A todos nosotros,
al mundo entero.

Él ama,
Jesús ama,
Él siempre ama.

Javier F. Chento

La Verdad

La Verdad no se encuentra
en los enormes manuales
ni en las grandes palabras de los sabios.

La Verdad es propiedad del sencillo.

La Verdad se halla en el trabajo solidario
del obrero que lucha por sacar adelante
su pobre familia.

La Verdad enseña las primeras letras
al niño en la escuela
que descubre con asombro y admiración
el significado de las palabras.

La Verdad prepara con amor el plato de arroz
y la torta de maíz
que repondrán al campesino las fuerzas necesarias
para poder seguir luchando.

La Verdad se reúne en las iglesias,
en las juntas vecinales,
en los centros de desarrollo,
en las mil y una comunidades de base.

La Verdad sabe mucho de justicia
y poco de dinero o de productividad.

La Verdad crucificada
sangra y grita y se lamenta
desde los ghettos de los que son débiles
y, por tanto, verdaderos.

La Verdad está condenada al fracaso
a los ojos de los poderosos.

La Verdad tiene nombre y apellidos.
Muere y resucita.
Se proclama y se renueva.
La Verdad no miente:
son nuestras verdades las que nos engañan.

La Verdad nos llama, nos invita,
nos señala, nos acusa;
nos suplica, nos implora, nos ruega.

La Verdad espera ser reconocida
y, hasta entonces, aguarda.
Sólo la Verdad es verdadera.

Javier F. Chento

Ahora que comienza la jornada
ponemos en tus manos
lo que este día nos deparará:
el trabajo cotidiano,
la gente con la que nos encontraremos,
los proyectos y las ilusiones,
las risas, la esperanza,
todo lo que en él vamos a hacer
para mejorar nuestro mundo
y acercar tu Reino.

Llena, Señor, nuestra cotidiana existencia,
con la gracia de tu presencia cercana.
Necesitamos que Tú vengas con nosotros,
porque solos no podemos nada.

Gracias, Señor, en esta nueva oportunidad
que nos regalas
para hacer tu voluntad.
Te alabamos y damos gloria
en la maravilla del nuevo amanecer.

No permitas que nuestro egoísmo
gane la batalla hoy.
Danos el coraje y la voluntad necesarios
para andar por tu camino
durante toda la jornada.

Sólo así, cuando al final del día
volvamos a tu presencia, podremos decirte:
“Aquí está nuestra vida, Señor.
Tú nos la diste y a ti te la entregamos.
Nuestros frutos han crecido gracias a Ti”.

Javier F. Chento

Mi corazón joven

Mi corazón joven te anhela
y los mil avatares del día
no me dejan ver tu rostro.

Yo me pierdo,
te pierdo,
no te reconozco.
Y al volverme a Ti
descubro cuán atrás me he quedado.

En el camino
gracias, Jesús,
porque Tú vuelves a por mí.

Javier F. Chento

Jesús,
te quiero porque me entiendes,
porque te has acercado a mí
a mis cosas más cotidianas:
mis estudios,
mis juegos y aficiones,
mis amigos,
mi familia…

Has puesto tu mano en mi hombro
y me has dicho:
“¿Cómo te va hoy, amigo?”
Y sin necesidad de contestarte
ya mi vida era fiesta.

Sé que estás conmigo.

Gracias, Jesús.
Mi tierra prometida
eres tú.

Javier F. Chento

Para Kenia

Lucrecia Pérez era una emigrante dominicana que fue asesinada en 1992, mientras cenaba con sus compañeros en una discoteca abandonada de Madrid. El racismo, una vez más, se convirtió en violencia irracional que nos estremeció a todos los que vivimos la historia. Kenia, su hija, no entendía (y ¿quién entiende?). Sólo callaba.

La noche oculta en su oscura realidad
los miedos y terrores del mundo.
Parece como si las tinieblas
fueran capaces de disolver la bondad
y la esperanza de los hombres.

Fue en una noche,
quizás entre la bruma y los sueños
producidos por el alcohol y las drogas.
Qué más da.
El odio no necesita explicarse
ni atiende a razones.

Un arma y una idea más o menos deformada
son suficientes para crear el caos
y hacer aflorar los odios.

No naciste en mi tierra, mi bien,
ni tú,
ni tu madre,
ni tu familia,
ni tus compatriotas,
ni 4.000.000.000 de pobres humanos
tuvisteis esta “suerte”.

No naciste blanca.
Dios te dio la gracia de una piel bronceada.
Nosotros creamos la desgracia de pensar
que esto es importante.

Una mano anónima cargó
con los temores y rencores
de los que están arriba de la pirámide
y destruyeron la vida
(“No matarás”, gritó Dios)
de tu mamita,
que luchaba por ti y por tu futuro.

Callaste, mi bien,
y sólo hablaron tus ojos.

El día nos estremeció
una vez más
desde los titulares de nuestros periódicos,
como todos los días,
con el más horrible y cotidiano pecado,
con la más absoluta condena
del Mal
hacia nuestra condición divina.

Luego aparecieron las razones,
los motivos,
las explicaciones,
la pena,
el llanto.
Y tus ojos, mi bien,
desentendidos,
llamando a mamá Lucrecia.

Las noticias nos hablaron de tu silencio.
Y muchos callamos contigo.
Nada había que decir, ya.

Mamá se fue.
La obligaron a hacer
prematuramente
el gran viaje
que todos habremos de emprender algún día.

Al igual que aquél
todavía no lejano día
en que hizo la obligada peregrinación
desde Santo Domingo
hasta España.
Por ti, mi bien, y por tu futuro.

La mamá ya no te podrá acariciar,
mi bien.
Pero –seguro– no faltarán otras manos
y otras voces
que acaricien tu cuerpo
y apacigüen tu alma.

Su martirio
–ojalá–
nos ayudará a abrir los ojos
y el corazón, sobre todo el corazón,
para que la Utopía
se vaya haciendo realidad
en este mundo sediento.

Reza, mi bien,
por tu mamá
y, sobre todo,
por los que aún peregrinamos
entre la violencia y la esperanza.

Javier F. Chento

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