En recuerdo del cardenal Bernardin
El 14 de noviembre de 1996, hace doce años, moría Joseph Louis Bernardin, cardenal de la Iglesia, después de años de dolores y sufrimientos provocados por el cáncer.
“El don de la paz” (publicado por Planeta-Testimonio en 1998) es la reflexión y de alguna manera autobiografía de este cardenal cuando, ya cercano a la muerte, revisa su vida. Un impresionante testimonio que se lee con mucho interés.
En noviembre de 1993 había sido calumniosamente acusado por el ex-seminarista Steven Cook, de haber abusado sexualmente de él. Cuando ya se había demostrado la falsedad de esta acusación, quiso encontrarse con su acusador para demostrarle que le amaba y que le había perdonado. En este libro leemos su impresionante testimonio:
Una vez que hube desistido de la acusación y que la CNN hubo cubierto mi conferencia de prensa final sobre esta cuestión, volví a mi cargada agenda de trabajo. No obstante, pensaba a menudo en Steven y su soledad, abrumado por el sida. A mediados de diciembre tuve la profunda sensación de que este episodio no habría concluido del todo mientras no diera con él. En mis oraciones sólo pedí que me recibiera. Si bien nunca había sabido nada de Steven, tenía el presentimiento de que también él quería verme.
Como no conocía su dirección ni su número de teléfono, establecí contacto con su madre. Ella contestó que Steven no sólo estaba dispuesto a encontrarse conmigo, sino que lo deseaba. El 30 de diciembre de 1994 volé a Filadelfia acompañado por el padre Scott Donahue. Monseñor James Mally, Rector de Saint Charles Borromeo Seminary, donde tendría lugar el encuentro, nos recogió. Al cabo de unos minutos, llegó Steven con su amigo, Kevin. A pesar de la gravedad de su enfermedad, sólo parecía ligeramente demacrado. Le expliqué que la única razón para solicitar el encuentro era hacerle saber personalmente que no albergaba ningún resentimiento hacia él. Le dije que deseaba orar con él por su bienestar físico y espiritual. Steven respondió que había decidido encontrarse conmigo para poder disculparse de la molestia y el daño que me había causado. En otras palabras, ambos buscábamos la reconciliación. Sin embargo, Steven dijo que, antes de continuar, quería hablarme de su vida.
Me contó que cuando era un joven seminarista había sido objeto de abuso sexual por parte de un sacerdote al que él tenía por amigo. Las autoridades no tomaron en serio su informe sobre la mala conducta del sacerdote. Descorazonado, abandonó la Iglesia. Aunque sólo aspiraba a un juicio contra su profesor del seminario, el sacerdote que lo aconsejaba comenzó a hablarle de mí y le sugirió que, si me incluía en el caso, seguramente conseguiría que la Iglesia le devolviera lo que él deseaba.
Miré directamente a Steven. “Tú sabes –dije– que yo nunca abusé de ti”.
“Lo sé –respondió suavemente–. ¿Puede repetírmelo?”
“Nunca abusé de ti. Tú lo sabes, ¿verdad?” –dije mirándolo directamente a los ojos.
Steven asintió con la cabeza y contestó:
“Sí. Lo sé y deseo disculparme por haber dicho que lo hizo”.
La disculpa de Steven era sencilla, directa y profundamente conmovedora. Le dije que había rezado por él todos los días y que continuaría haciéndolo por su salud y su paz espiritual.
Luego pregunté si quería que dijera una misa por él. En tono inseguro, dijo: “Durante mucho tiempo me he sentido muy ajeno a Dios y a la Iglesia. Quizá una simple oración sería más adecuada”.
Después de aquello dudé durante unos instantes acerca de cómo reaccionaría al regalo que sacaba yo de mi cartera. “He traído algo para ti –dije–. Una Biblia que te he dedicado. Comprendo, y no me ofenderé si no quieres aceptarla”.
Cogió la Biblia con manos temblorosas y la apretó contra el corazón mientras los ojos se le llenaban de lágrimas.
Luego saqué de mi cartera un cáliz de cien años y dije: “Steven, esto es un regalo de un hombre a quien ni siquiera conozco. Me pidió que lo utilizara para decir una misa por ti algún día”.
“Por favor –respondió llorando–, celebre la misa ahora”.
Nunca, en toda mi vida de sacerdocio, he sido testigo de una reconciliación más profunda. Las palabras que empleo para contaros esta historia no pueden describir ni por asomo el poder de la gracia de Dios tal como operó aquella tarde. Fue una manifestación de amor de Dios, de perdón y de curación que jamás olvidaré.
Kevin, el amigo de Steven, preguntó si podía asistir pese a no ser católico, y yo le respondí que estaría muy bien que lo hiciera. En el saludo de paz nos abrazamos todos y luego ungí a Steven con el sacramento de los enfermos.
Antes de marcharse, Steven me dijo: “Hoy he sido liberado de una carga inmensa. Me siento curado, y en paz”.
Recensión de “El don de la paz”
Joseph Louis Bernardin nació en Columbia, SC USA en 1928 y murió en 1996. Fue Arzobispo de Cincinnati y Boston, Presidente de la Conferencia del Episcopado norteamericano y Cardenal de la Iglesia Católica. Este libro resume sus experiencias en los tres últimos años de su vida, desde que fue acusado de encubrir a pederastas hasta su muerte por cáncer.
El texto abre con una carta manuscrita del mismo Cardenal días antes de su muerte en la que justifica el libro.
No se trata de una biografía, sino de una reflexión acerca de los acontecimientos en su vida esos tres años. Citando a Charles Dickens en su Historia de dos ciudades, Bernardin dice que fueron los peores y los mejores días de su vida, porque fueron años de humillaciones, dolor físico, miedo e incertidumbre, pero también de amor, reconciliación y paz.
Para empezar, el autor habla del nacimiento de su vocación sacerdotal y su ordenación en 1952, que considera como la de cualquier otro sacerdote atareado de la época. Pero en 1972, ya siendo Obispo en Cincinnati, una conversación con tres sacerdotes sobre la oración le hizo caer en la cuenta de lo poco y mal que oraba. Las causa podía ser el deseo de ser exitoso o el enojo cuando lo criticaban las gentes, actitud que también llegó a tener ante el Señor. También pudo ser el orgullo o el temor a la entrega. Decidió ceder toda su fortuna personal y dedicar por lo menos una hora diaria a la oración, lo que le sirvió a la larga como preparación para esos tres últimos años.
El 10 de noviembre de 1993, el Cardenal escuchó el rumor de que un Cardenal norteamericano sería acusado de abuso sexual. Al día siguiente se enteró con sorpresa de que el acusado era él. Según la acusación, había cometido abuso sexual en contra de un seminarista en Cincinnati, cuando era Obispo de esa diócesis. Por los medios supo que el nombre de su acusador era Steven Cook, y que el abogado de Steven era un especialista en acusaciones contra sacerdotes por abuso sexual. No recordaba a nadie con ese nombre, así que esperó hasta que le informaron que tenía unos 35 años y estaba enfermo de sida. Según sus acusadores, le habían llevado a la víctima en el seminario a su habitación para ser forzada a participar en una acto sexual. También se acusaba a un sacerdote de la misma diócesis, así que supuso que lo implicaban por ser el arzobispo. Para entonces, el mundo entero había recibido la noticia de un Cardenal acusado de abuso sexual. Resolvió que su única defensa era la verdad y declaró a la prensa que nunca en ningún lugar había abusado de nadie.
Prácticamente ningún medio sugirió siquiera que tal vez la acusación era falsa. El Cardenal estaba lleno de rabia y asombro ante las acusaciones y se preguntaba quién iba a confiar en él después de eso. Escribió una carta para su acusador pidiéndole una entrevista, pero el abogado nunca se la entregó. Por primera vez en 65 años, sentía el dolor del Huerto de los Olivos. En un programa de la CNN ese domingo, se mostraba a Cook y su abogado ojeando un libro y viendo una fotografía que eran las pruebas en las que se basaba la acusación. Las conferencias de prensa eran con cientos de reporteros y fotógrafos. Fueron catorce, en las cuales siempre dijo simplemente la verdad. Los periodistas le creyeron desde el principio, pero tenían que hacer sus preguntas y las hicieron.
El Cardenal resolvió no contrademandar y no usar un centavo de los recursos de la arquidiócesis para su defensa. Muchos abogados ofrecieron sus servicios gratuitos. Resultó que era una memoria del seminario en donde había una fotografía de grupo que lo incluía a él y a su acusador. Y el libro, supuestamente dedicado por el prelado al joven seminarista, no tenía su firma en ninguna parte. No había otra prueba. Una supuesta hipnotizadora había ayudado a recordar a Steven la violación, pero ella había aprendido hipnotismo horas antes y no sabía el propósito de la sesión hipnótica. Hubo personas, incluso sacerdotes, que hablaron ante los medios diciendo que era culpable y que los hechos lo habían atrapado. Los teléfonos de la diócesis se bloquearon por tantas llamadas acusándolo, sin poder identificar el origen.
Poco a poco se confirmó una intuición del autor: Steven Cook había sido utilizado. El mismo acusador pidió que se retiraran los cargos el 28 de febrero de 1994. Resultó que había un sacerdote del Seminario impulsando la acusación. Gracias a la ayuda de un párroco en cuya jurisdicción vivía la madre de Cook, pudo entrevistarse con él en diciembre de 1994. Acompañado de su amigo Kevin, Steven conversó con él en un lugar cercano a la casa del acusador. El Cardenal le ofreció oración y le dijo que no tenía resentimientos. El enfermo de sida le dijo que quería disculparse por los inconvenientes causados. Relató que había sufrido abuso sexual de un sacerdote en el seminario, que denunció su caso pero nadie le prestó atención y que abandonó la Iglesia descorazonado. Mucho tiempo después, Steven conoció a un abogado experto en casos de abuso sexual, quien lo puso en contacto con un sacerdote para que los asesorara espiritualmente. Fue ese sacerdote el que sugirió incluir al Cardenal en la demanda , el que convenció a la madre de Steven para que colaborara y también el que había dicho por radio que el prelado era culpable.
Steven, a pregunta expresa de Bernardin, confirmó que nunca había abusado de él. Hubo una reconciliación profunda entre los dos, y después el joven que había arrojado lejos de sí la Biblia alguna vez, recibió con lágrimas la que le regaló el Cardenal, quien ofició una Misa con un cáliz que le habían regalado expresamente para esa ocasión, Misa a la que los acompañó Kevin aunque no era católico. Steven se sintió feliz y autorizó que se publicara esta entrevista. Murió el 22 de septiembre de 1995 en casa de su madre, en plena comunión con la Iglesia Católica.
Tras este episodio, el Cardenal Bernardin se sintió plenamente liberado y lleno de energía. Ordenó a tres Obispos auxiliares y realizó un viaje espeluznante a Tierra Santa.
Pero a mediados de 1995 le fue diagnosticado cáncer en el páncreas. Su padre había muerto de cáncer cuando él tenía sólo 5 años y su ejemplar recuerdo le ayudó a sobrellevar las molestias. Nuevas conferencias de prensa multitudinarias con médicos, ayudantes y el mismo Cardenal para informar sobre las entrañas del pastor. Poco antes de ser operado, se comunicó el mismo Papa Juan Pablo II para desearle salud y hablarle del valor del sufrimiento. Pero había sido peor la acusación, fruto del mal, que la enfermedad, que es parte de la condición humana, dijo a los medios antes de entrar al hospital.
Viviendo las incomodidades del postoperatorio, el Cardenal recomendaba orar mientras no se esté indispuesto, porque luego es difícil estar en condiciones de hacerlo. Su madre, quien lo crió mientras trabajaba para sostenerlo a él y a su hermana le llevaba fotos del pueblo italiano de donde provenían ella y su esposo, lo que le ayudó al recordar los momentos felices de sus visitas a ese lugar (Tonadico di Primiero).
Al iniciarse las radioterapias y las quimioterapias inició también lo que llamó el ministerio del cáncer, apoyando a los que sufrían el mismo mal: madres jóvenes resignadas, jóvenes que terminaron suicidándose, niños leucémicos. Este nuevo ministerio surgió de las circunstancias, era simple y profundo, y se adaptaba perfectamente a su sacerdocio, pues la gente no lo quería como político, ni como director de empresa, ni como organizados. Quería que los acompañaran en sus alegrías y tristezas. Nunca se sintió más sacerdote.
El Cardenal resolvió vivir su experiencia con el cáncer públicamente para hacer ver que la fe importa de verdad. Eso le permitió aceptar la enfermedad y después la muerte. Los espectadores vieron un hombre como ellos, sufriendo pero compartiendo su paz y ayudándoles a sobrellevar la propia enfermedad. Para eso fue indispensable una hora de oración matutina, rezando los salmos, el Rosario y en oración mental, aunque tenía pocas ganas de hacerlo en su convelescencia.
El tratamiento de radio y quimioterapia era diario, durante seis semanas. Una de las labores que hizo en sus visitas al hospital fue convencer a los parientes de los enfermos para que los dejaran ir sin presionarlos para que lucharan por su vida. Apenas iniciado el tratamiento, el Cardenal empezó a sentir que se debilitaban sus piernas. Como no era un efecto esperado de las radiaciones, los médicos tuvieron que hacer nuevos estudios. Tras cuatro vértebras y cuatro costillas quebradas como resultado de las caídas, el diagnóstico fue de estenosis espinal y osteoporosis. Después del tratamiento, siguieron inyecciones semanales de quimioterapia que se supone durarían dos años.
En octubre de 1995, el Cardenal publicó una carta pastoral sobre la atención sanitaria en la que relataba los momentos sombríos que le había tocado vivir por la enfermedad y la alegría que le proporcionaban las manifestaciones de afecto y solidaridad de los que lo rodeaban. También recibió cartas, que apreció mucho, de niños con familiares enfermos, de peticiones para que acompañara a cancerosos, de niños que se habían curado, de campesinos rogándole oraciones por mujeres con cáncer que cuidaban hijos inválidos, de enfermos no creyentes que sentían una gran paz interior cuando los bendecía.
El 30 de agosto de 1996, el Cardenal Bernardin anunció públicamente que el cáncer se había extendido hasta el hígado y que no era operable, tras quince meses en los que pensó que había superado la enfermedad y se preparaba para una operación en la columna vertebral. El pronóstico de vida era menor a un año. Dijo que lo primero que hay que hacer ante una dificultad o enfermedad grave es ponernos en manos del Señor. Luego, ver a la muerte como una amiga, lo que reduce temores y evita la negación. Todo eso se lo dijo a la prensa, que le preguntó qué haría el resto de sus días. Contestó que trabajar como siempre mientras se pudiera, tal vez visitar a sus parientes en Italia, pero lo más importante era preparase para la muerte.
En septiembre de 1996, el Cardenal fue a Washington, pronunció un discurso en la Universidad de Georgetown sobre la coherencia ética de la vida y recibió la Medalla de la Libertad de manos del Presidente Clinton. Recibió otro premio en Boston, pero ya estaba muy débil por la enfermedad y las quimioterapias. Todavía tuvo fuerzas para viajar a Roma y entrevistarse con el Papa Juan Pablo II, con sesión de fotografía pero sin conferencia de prensa, el 27 de septiembre. Estuvo en Asís el 28 de ese mes.
Al regresar, puso en orden todos sus papeles y el 7 de octubre se unió a sus 800 sacerdotes y religiosos en la catedral en lo que fue su última celebración conjunta. A mediados de octubre suspendió la quimioterapia, que ya no detenía el cáncer. La enfermedad le producía cansancio, dolor de pecho y fiebre. El 31 de octubre, confirmado el crecimiento de los tumores del hígado, suspendió sus apariciones en público. Al día siguiente, escribió las últimas palabras del libro deseando a todos los lectores que encuentren el don de la paz que él encontró y terminando con la oración de San Francisco: Señor, hazme instrumento de tu paz…. Murió el mismo mes de noviembre de 1996
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