Por ser vos quien sois
La semana pasada nos sorprendían los medios de comunicación con una noticia referente a unas supuestas declaraciones de de la reina Sofía, aparecidas en uno de los libros editados recientemente a raíz de su 70 cumpleaños.
Sin entrar en el contenido de las dichas afirmaciones, en todo caso respetables como las de todo el mundo, sí quisiera comentar algo respecto al revuelo producido por las mismas, que me parece la mejor publicidad para la venta de dicho libro, que ni he leído ni, con toda probabilidad, voy a leer, ni mucho menos comprar.
La libertad de expresión es un derecho fundamental del ser humano, y como tal viene recogido en la Declaración Universal de los Derechos Humanos, en su artículo 19: “Todo individuo tiene derecho a la libertad de opinión y de expresión; este derecho incluye el de no ser molestado a causa de sus opiniones, el de investigar y de recibir informaciones y opiniones, y el de difundirlas, sin limitación de fronteras, por cualquier medio de expresión“. En semejantes términos se desarrolla el mismo derecho en otras declaraciones, como por ejemplo en la Convención Americana sobre Derechos Humanos de 1969, que lo desarrolla en su artículo 13: “Toda persona tiene derecho a la libertad de pensamiento y de expresión. Este derecho comprende la libertad de buscar, recibir y difundir informaciones e ideas de toda índole, sin consideraciones de fronteras, ya sea oralmente, por escrito o en forma impresa o artística, o por cualquier otro procedimiento de su elección y gusto“. Igualmente Convención Europea de Derechos Humanos fue adoptada por el Consejo de Europa en 1950: “Toda persona tiene derecho a la libertad de expresión. Este derecho comprende la libertad de opinión y la libertad de recibir o de comunicar informaciones o ideas, sin que pueda haber injerencia de autoridades públicas y sin consideración de fronteras. El presente artículo no impide que los Estados sometan a las empresas de radiodifusión, de cinematografía o de televisión a un régimen de autorización previa“.
El torbellino montado por las declaraciones de la reina Sofía (sean o no sean veraces, no son las declaraciones en sí lo que me interesa sino la posibilidad de hacerlas) ha sido considerable. Muchos grupos y personas se han levantado para exigir una rectificación y para protestar porque una reina opine en voz alta sobre determinados temas. Se arguye que desde la monarquía no se puede opinar de ciertos temas políticos y sociales y se apela al articulo 56 de nuestra Constitución española como una presunta violación del arbitraje y moderación que le corresponde a la Corona.
Pues bien, picado por la curiosidad volví a leer no sólo el articulo 56, sino todo el párrafo que corresponde a la Corona. Y la verdad es que no entiendo cómo se puede decir que la reina no deba opinar apelando a dicho artículo. Comenzando con que “la reina no es el rey”, como el artículo 58 de la Constitución recuerda: “La Reina consorte o el consorte de la Reina no podrán asumir funciones constitucionales, salvo lo dispuesto para la Regencia“. Pero es que ni en el artículo 56 veo que se diga nada en contra de la liberta de expresión del rey o la reina; en su párrafo 1 dice que el rey “arbitra y modera el funcionamiento regular de las instituciones“.
Entiendo que la Corona tenga que ser prudente en sus declaraciones, máxime cuando hable de temas relacionados con el Estado, el gobierno y similares. Creo que el problema es que hay declaraciones que molestan a algunos colectivos por el hecho de que las diga la reina. Un teórico ejercicio intelectual: si las declaraciones hubieran sido las contrarias, ¿se habrían quejado?
Está visto que aún nos queda mucho que aprender sobre el respeto a la libertad de conciencia y la opinión ajena.
E, insisto, no entro a valorar la opinión de la reina, ni manifiesto (no es el caso de esta entrada) mi apoyo o no a sus opiniones, con las que puedo estar más o menos de acuerdo. Es el hecho en sí, el revuelo, lo que me causa más perplejidad.
Postdata: El padre Mitxel Olabuénaga ha publicado en su blog un interesante comentario sobre dichas declaraciones en un artículo titulado “¡Gracias, majestad!“.
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