Big brother
Llevo a gala el no haber visto ni un programa de “Gran hermano” o similares, en ninguna de sus diez ediciones españolas (el “Big Brother” en países anglosajones). Evidentemente, vivo en el mundo y por mucho que no quiera, los periódicos ya se encargan de ponerme al día que dicho esperpento ya se ha puesto en marcha de nuevo en su décima edición.
Hoy me sorprende el diario El Mundo con una noticia titulada “GH10: ¿Aquí cuándo se folla?” que, en el ranking de las noticias de la web del diario, está entre las tres noticias más leídas, por detrás tan sólo de una noticia sobre la salud de Severiano Ballesteros y otra morbosa noticia sobre el método de ejecución preferido por unos terroristas que asesinaron a 202 personas en Bali, hace seis años.
No voy a ponerme a soltar exabruptos contra el fraterno programa, ¿para qué? Hay cosas que se descalifican ellas solitas. La morbosidad vende, está claro, y la caja tonta es un buen mostrador de los más bajos instintos de la humanidad. Que lo más interesante de ciertos programas sea el saber cuándo van a ver a los habitantes de la casa hacer edredoning, causaría risa si no fuera porque más causa pánico.
La mediocridad campa a sus anchas en algunos (¿muchos?) de los programas de la televisión, y en muchas otras áreas de la realidad social de la humanidad.
Esta realidad es como un diamante de múltiples facetas, a cada cual más brillante y más vacía. Pero este brillante es más falso que la “falsa moneda“: ni lleva a nada, ni sirve de nada, ni alcanza nada. En pocas palabras: decadencia, hartazgo, hedonismo, cualquier cosa por la fama, cualquier cosa por el dinero, cualquier cosa por el minuto de malparida fama en las millones de pantallas de los hogares familiares.

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