¿Arte para paliar el hambre?
Con sorpresa y bastante escepticismo leo en Atrio la noticia de que, supuestamente, el Vaticano planearía subastar alguna pieza de los Museos Vaticanos como gesto para paliar el hambre en alguna de las innumerables regiones del orbe donde tantos hombres, mujeres y niños sufren la miseria más absoluta.
Según Atrio,”siempre en el contexto de lo extraoficial (…) la noticia se podría hacer pública oficialmente con ocasión de la cumbre sobre los objetivos de desarrollo del milenio que se celebrará el 25 de septiembre en las Naciones Unidas (…). Pero podría retrasarse para hacerla coincidir con el Mensaje por la Paz de la próxima Navidad o con la aparición de una nueva encíclica sobre la ‘cuestión social’, actualmente en preparación. (…) Esta decisión se haría no con la intención de solucionar directamente con ello el problema sino como un signo de alta repercusión mundial para que fuera imitado por otras instituciones y otros Estados.”
Si la noticia se confirma (insisto que soy muy escéptico y no creo que sea verdad, en principio), estoy seguro que veremos muchas opiniones y se provocará un ligero revuelo, seguido de la inevitable discusión sobre las riquezas de la Iglesia. Sea o no sea cierto que la noticia vaya a cuajar y se convierta en algo más que una sospecha, quisiera aprovechar la ocasión para hacer algunas breves y evidentemente parciales consideraciones, apenas retazos, acerca de la riqueza de la Iglesia.
Jesús y las riquezas
Los textos evangélicos que hablan de la pobreza y la austeridad, también refiriéndose a los seguidores de Jesús, son claros: baste recordar alguno de los más conocidos, que están en nuestra memoria y interpelan nuestra forma de vivir:
- Mateo 19, 16 -23 (El joven rico): Se le acercó un hombre y le preguntó: “Maestro, ¿qué obras buenas debo hacer para conseguir la Vida eterna?”. Jesús le dijo: “¿Cómo me preguntas acerca de lo que es bueno? Uno solo es el Bueno. Si quieres entrar en la Vida eterna, cumple los Mandamientos”. “¿Cuáles?”, preguntó el hombre. Jesús le respondió: “No matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no darás falso testimonio, honrarás a tu padre y a tu madre, y amarás a tu prójimo como a ti mismo”. El joven dijo: “Todo esto lo he cumplido: ¿qué me queda por hacer?”. “Si quieres ser perfecto, le dijo Jesús, ve, vende todo lo que tienes y dalo a los pobres: así tendrás un tesoro en el cielo. Después, ven y sígueme”. Al oír estas palabras, el joven se retiró entristecido, porque poseía muchos bienes. Al oír estas palabras, el joven se retiró entristecido, porque poseía muchos bienes. Jesús dijo entonces a sus discípulos: “Les aseguro que difícilmente un rico entrará en el Reino de los Cielos”. El relato del joven rico aparece, prácticamente igual, en los otros sinópticos, concretamente en Mc 10, 23-27 y Lc 18, 24-27.
- Mateo 19, 27: Pedro, tomando la palabra, dijo: “Tú sabes que nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido”.
- Lucas 3, 10-11: Y la gente le preguntaba, diciendo: Entonces, ¿qué haremos? Y respondiendo, les dijo: El que tiene dos túnicas, dé al que no tiene; y el que tiene qué comer, haga lo mismo.
- Mateo 10, 5-10: A estos doce envió Jesús, y les dio instrucciones, diciendo: Por camino de gentiles no vayáis, y en ciudad de samaritanos no entréis, sino id antes a las ovejas perdidas de la casa de Israel. Y yendo, predicad, diciendo: El reino de los cielos se ha acercado. Sanad enfermos, limpiad leprosos, resucitad muertos, echad fuera demonios; de gracia recibisteis, dad de gracia. No os proveáis de oro, ni plata, ni cobre en vuestros cintos; ni de alforja para el camino, ni de dos túnicas, ni de calzado, ni de bordón; porque el obrero es digno de su alimento.
“El reino de los cielos se ha acercado“: esto es, el Reino de Dios, Dios mismo que viene a ser el único rey, padre compasivo, para todos los hombres.
Dentro del contexto de la conversión predicada por Juan el Bautista, aparece el mensaje de Lucas 3 como una llamada universal a la solidaridad. Es notable que Juan el Bautista concrete la ley y los profetas en signos visibles de cercanía y ayuda al necesitado, que provienen, necesariamente, de minorar nuestras propias posesiones.
Me trae a la memoria aquellas palabras de Teresa de Calcuta: “Sólo os pido una cosa: que no os canséis de dar, pero no deis las sobras. Dad hasta sentirlo, hasta que os duela“. Es decir, no las sobras, sino lo necesario. No acumular, sino compartir. En otro texto la misma Teresa de Calcuta nos recuerda: “¿Que un alimento no nos gusta o se está poniendo rancio? ¡Al saco de los desperdicios! Mercancías perecederas que han superado la fecha de caducidad y que nos da miedo consumir, van al saco de los desperdicios: en otras palabras, se las damos a los pobres. Una prenda de vestir que se ha pasado de moda, y no nos gusta llevar: ¡para los pobres! Todo esto no implica el menor respeto a los pobres. Esto no es considerarlos nuestros amos, como pedía san Vicente de Paúl a sus religiosos, sino situarlos por debajo de nuestro nivel“.
La Iglesia y las riquezas
“No os proveáis de oro, ni plata, ni cobre en vuestros cintos” (Mt 10,9)
Algunos textos para la reflexión:
- “Buscad lo suficiente, buscad lo que basta. Y no queráis más. Lo demás es agobio, no alivio; apesadumbra, no levanta” (San Agustín).
- “Después del Señor, los apóstoles fueron los primeros que nos dieron ejemplo de esta magnánima pobreza, pues, al oír la voz del divino Maestro, dejando absolutamente todas las cosas, en un momento pasaron de pescadores de peces a pescadores de hombres y lograron, además, que muchos otros, imitando su fe, siguieran esta misma senda. En efecto, muchos de los primeros hijos de la Iglesia, al convertirse a la fe, no teniendo más que un solo corazón y una sola alma, dejaron sus bienes y posesiones y, abrazando la pobreza, se enriquecieron con bienes eternos y encontraban su alegría en seguir las enseñanzas de los apóstoles, no poseyendo nada en este mundo y teniéndolo todo en Cristo. Por eso, el bienaventurado apóstol Pedro, cuando, al subir al templo, se encontró con aquel cojo que le pedía limosna, le dijo: No tengo plata ni oro, te doy lo que tengo: en nombre de Jesucristo, echa a andar” (Sermón sobre las bienaventuranzas 95,2-3, de San León Magno).
- “Las raposas tienen cuevas, y las aves del cielo, nidos; pero el Hijo del Hombre no tiene dónde reclinar la cabeza” (Mt 8,20)
- “Todos los cristianos… han de intentar orientar rectamente sus deseos para que el uso de las cosas de este mundo y el apego a las riquezas no les impidan, en contra del espíritu de pobreza evangélica, buscar el amor perfecto” (Concilio Vaticano II. Lumen Gentium 42).
- “Para que este ejercicio de la caridad sea verdaderamente irreprochable y aparezca como tal, es necesario (…) cumplir antes que nada las exigencias de la justicia, para no dar como ayuda de caridad lo que ya se debe por razón de justicia” (Concilio Vaticano II. Apostolicam Actuositatem, 8).
- “¿Y por qué se inquietan por el vestido? Miren los lirios del campo, cómo van creciendo sin fatigarse ni tejer. Yo les aseguro que ni Salomón, en el esplendor de su gloria, se vistió como uno de ellos” (Mt 6, 28-29)
- “Allí donde esté tu tesoro, estará también tu corazón” (Mt 6, 21)
La palabra de Dios es retadora. Jesucristo habla muy claro cuando se trata de la defensa de los pobres y del uso apropiado de los bienes. Dios no quiere la pobreza, como tampoco quiere la injusticia. Quiere que todos compartamos lo que tenemos, siendo hermanos.
Para los ricos con sus vidas centradas en sus posesiones, Jesús tiene palabras muy duras. La riqueza es, prácticamente, un mal en sí mismo:
- No se puede amar a Dios y al dinero (cf. Mt 6, 24; Lc 16, 13)
- La riqueza ahoga a quien escucha la Palabra (cf. Mt 13, 22)
- La Palabra de Dios no fructifica en quien vive en riqueza. (cf. Mc 4, 19
Los “cintos” de nuestra Iglesia se han llenado, a lo largo de los siglos, de muchas cosas. No sólo oro, plata o cobre; también obras de arte, edificaciones, posesiones superfluas… hasta de un Estado pontificio.
En el año 2002 tuve la oportunidad (en un viaje de trabajo) de viajar a Roma y visitar el Vaticano y sus museos durante apenas una mañana. Una visita muy corta: íbamos a toda marcha y sin pararnos demasiado pues aquello es enorme y lleno de piezas, muchas de ellas merecedoras de una visita más tranquila. Tan sólo la Capilla Sixtina merece un buen rato de contemplación, aunque los guardas no permitían pararnos más que apenas unos minutos en la Capilla, por el gran número de visitantes.
Muchos de mis amigos me preguntaban, a la vuelta, si me había escandalizado al visitar el Vaticano. Mi contestación, básicamente, fue “escandalizado no, entristecido sí”.
Mi tristeza al visitar el Vaticano provino, precisamente, de esto mismo. La iglesia, como comunidad humana, ha acumulado posesiones más allá de toda necesidad.
Yo creo que, hoy por hoy, no se puede defender a la Iglesia como conservadora del patrimonio artístico; tampoco creo justificado la posesión de bienes materiales más allá de lo necesario. Cierto: el grupo de Jesús tenía una bolsa en común (cf. Lc 8, 1-3; Jn 12, 6); también compraban alimentos (Jn 4, 8 ) y se hacían limosnas con parte de los bienes (cf. Jn 13, 29).Todo eso nos habla de la bendición que supone el poder servirse de los bienes, sin estar atados a ellos.
En muchos casos la Iglesia se ha convertido en un museo, custodiadora de riquezas culturales. Pero, ¿acaso es ésa la misión de la Iglesia? Desde el Evangelio… difícilmente.
Como creyentes y como miembros del Cuerpo de Cristo tenemos el apasionante reto de seguir los pasos del Resucitado, por el camino que Él nos invitó a andar. Posiblemente muchas congregaciones religiosas tendrían que hacer una seria reflexión sobre sus posesiones (alguna ya lo hace… conozco ejemplos). Igualmente, la Iglesia católica con todo lo que ha ido acumulando. E igualmente, cada uno de nosotros, cristianos, sobre todo los que vivimos en un ambiente hedonista y demasiado apegado al dinero.
Es, sin duda, un salto de Fe.
También te puede interesar leer los siguientes artículos:
- Vicente de Paúl: Un Santo para nuestro siglo Hablaba hace unos días de Óscar Romero e indicaba mi intención de poder hacer un mínimo artículo sobre San Vicente de Paúl, el gran santo del siglo XVII. Hay muchas y muy buenas biografías de Vicente; te remito a ellas para conocer la gran personalidad de este hombre de Dios,...

Deja tu respuesta