Jesús, aproximación histórica
Hace tres semanas escribía una pequeña entrada a raíz del imprimatur dado a la obra de José Antonio Pagola, “Jesús, aproximación histórica“, que tan controvertida ha resultado ser. A posteriori apareció una nota aclaratoria por parte de la Comisión para la Doctrina de la Fe de la Conferencia Episcopal Española, indicando supuestos errores metodológicos y doctrinales de su primera redacción.
Leo hoy en el blog de mi buen amigo el padre paúl Mitxel Olabuénaga un artículo firmado por Rafael Aguirre, Catedrático de Teología de la Universidad de Deusto, y publicado en el diario El Correo que por su claridad y contundencia no me resisto a transcribir acá.
Pero voy a comenzar por el final, en este caso. Transcribo los comentarios del P. Mitxel al artículo:
1) Diré, en principio, que he escuchado en varias oportunidades a Don José Antonio Pagola disertar sobre el tema (la última vez poco antes de la publicación del citado libro). Don Rafael Aguirre fue profesor mío en la Facultad de Teología. El libro “amonestado” lo he leído en dos ocasiones. No me son extraños ninguno de los tres. Mis lecturas sobre “jesulogía” son abundantes y lo mismo mi biblioteca personal.
2) Coincido plenamente con las opiniones de Rafael Aguirre, especialmente en la trascendencia que se le ha dado a esta publicación cuando otros muchos abundan en similares términos o están infinitamente menos trabajados que el de Pagola. Plantear el Jesús histórico es un derecho de todo investigador (creyente o no) y una obligación por parte de los cristianos de aportar al mundo las nuevas visiones o aportaciones de la ciencia a la persona, la vida y el mensaje de Jesús de Nazaret. Le guste o no le guste a la Jerarquía de la Iglesia Católica.
3) Una sola observación: creo que el “nihil obstat” del obispo de San Sebastián se ha realizado tras algunas aclaraciones y añadidos a la primera edición por parte del autor y la nota de la Comisión Episcopal se refiere a la primera. A quienes leen este Blog mi recomendación de la lectura del libro. Si alguien no quiere gastarse un dinero, puedo prestarle algún ejemplar.
Yo también he leído dos veces el libro, la última apenas terminé hace unos días, y seguramente vuelva a hacerlo en breve, si puede ser en su segunda revisión. No tengo más que apoyar completamente las opiniones de Rafael y de Mitxel y las de tantos otros que han corroborado la metodología y la “buena doctrina” de Pagola, y que es un libro altamente recomendable. No dejéis de leerlo.
Y a continuación, el artículo de Rafael Aguirre.
Una nota injusta
En mis dudas sobre la pertinencia o no de escribir estas líneas vino en mi ayuda el poeta: «Entre el silencio y el grito, la palabra, la palabra siempre amenazada». Los sistemas rígidos fácilmente se sienten asediados y no dejan espacio para la circulación de voces diferentes en su seno. Tomar la palabra se paga caro, con la expulsión o con el ostracismo. Lo fácil entonces es el silencio obsequioso del miedo, para no crearse problemas, para no caer en desgracia, para seguir contando en el sistema; pero también surge fácil el grito, es decir, la contestación sistemática, la pataleta airada, la agresividad. El poeta reivindica la palabra razonada y libre, pese a los costes personales, responsable y consciente de las repercusiones de lo que se dice. Discrepar en la Iglesia católica de nuestros días ni es fácil, ni sale gratis, sobre todo si no aceptas encasillamientos ni banderías, cuando deseas hacerlo de forma constructiva sin que tus palabras sirvan a la creciente fractura social por motivos religiosos (laicismo militante versus catolicismo político), sino al contrario, para superar este maldito contencioso de nuestra historia.
Me permito este párrafo introductorio cuando mi intención es hacer unas reflexiones sobre la ‘Nota de clarificación sobre el libro de José Antonio Pagola, Jesús. Aproximación histórica (PPC, Madrid 2007, 544pp.)’ de la Comisión Episcopal para la Doctrina de la Fe publicada con la autorización de la Comisión Permanente de la Conferencia Episcopal Española, y dada a conocer el viernes 27 de junio. Es conocido el éxito del libro, del que se han vendido casi 50.000 ejemplares y del que se anuncia para septiembre una segunda edición, que cuenta con el ‘nihil obstat’ del obispo de San Sebastián y en la que el autor ha introducido algunas modificaciones en vista de las críticas recibidas. Con la brevedad y sencillez requeridas por un artículo periodístico expondré el contenido de la nota, que tiene dos partes. En la primera se critica el método y en la segunda se denuncian seis errores doctrinales.
La metodología de Pagola es la compartida por toda la investigación exegética de nuestros días y la resumo en los puntos siguientes, todos cuestionados por la Nota:
- Los evangelios son testimonios creyentes sobre Jesús, que se basan en datos históricos, pero no son crónicas históricas.
- Por eso es perfectamente legítimo analizar el valor histórico de cada escena evangélica.
- Igualmente hay que distinguir la investigación histórica sobre Jesús de la reflexión teológica y creyente sobre su persona
Pagola no sólo afirma su fe en Jesús, sino que es ella la que le mueve a embarcarse en la investigación histórica, pero metodológicamente no puede introducir la fe en su trabajo histórico. Esto no sólo es perfectamente legítimo, sino necesario en la medida en que la ineludible asunción de la razón en el seno de la fe (tema reiterado por el Papa actual) implica que la confesión cristológica acepte sin miedo alguno, al contrario, la vea como un estímulo, la investigación histórica sobre Jesús. La Nota achaca a Pagola que «parece sugerirse que para reconstruir la figura histórica de Jesús haya que prescindir de la fe». Pues sí, metodológicamente no se puede introducir la fe en el trabajo histórico. Hay que respetar la autonomía de cada ciencia, también de la historia, y ser, al mismo tiempo, bien conscientes de sus límites. La obra actual más importante sobre el Jesús histórico es la de un norteamericano católico, J. P. Meier, se titula ‘Jesús, un judío marginal’, y se han publicado tres gruesos tomos, que han sido traducidos al castellano. Al inicio de la obra dice lo siguiente: «En lo que sigue haré lo posible por poner entre paréntesis cuanto sostengo por fe y examinar solamente lo que se puede mostrar como cierto o probable por investigación histórica y razonamiento lógico (…) atreverme a una estricta distinción entre lo que conozco acerca de Jesús mediante estudio y raciocinio y lo que sostengo mediante la fe. Tal distinción está sólidamente arraigada en la tradición católica: por ejemplo, Tomás de Aquino distingue cuidadosamente entre lo que conocemos por razón y lo que afirmamos por fe». Pagola no hace algo diferente, y la obra de Meier goza de gran prestigio en el mundo católico y es citada como el mejor ejemplo de exégesis científica, con su méritos y limitaciones, en la selecta bibliografía que Ratzinger-Benedicto XVI incorpora al final de su obra sobre Jesús. Por ejemplo, está abierto a la discusión científica si la localización del nacimiento de Jesús en Belén responde a un interés teológico o a una realidad histórica; como lo está la historicidad de la comparecencia de Jesús ante el Sanedrín, en la pasión, escena que bien pudiera ser fundamentalmente una construcción teológica. Esto es evidente en los estudios bíblicos actuales y para nada compromete a la fe. La Nota refleja mucha ignorancia cuando echa en cara a Pagola su postura en estos dos casos, que cito sólo a modo de ejemplos.
En el aspecto metodológico la Nota achaca a Pagola que sitúa a Jesús en «un horizonte preferentemente humano» y adopta «el análisis propio de la lucha de clases». En realidad lo que hace nuestro autor es situar a Jesús en las circunstancias sociales e históricas de Palestina y del Imperio romano. La contextualización de la enseñanza y vida de Jesús es una de las grandes aportaciones de la investigación actual. Es tomarse en serio la encarnación, comprender que Jesús habla en función de unos problemas concretos y que vivió en un tiempo y en un país atravesado por enormes tensiones sociales. Pagola se basa en los estudios históricos más solventes que existen en estos momentos y no utiliza ni por asomo las categorías de lucha de clases ni de ninguna otra escuela sociológica. Jesús dice «bienaventurados los pobres y malditos los ricos» y María alaba a Dios porque «derriba a los potentados de sus tronos y exalta a los humildes. A los hambrientos colma de sus bienes y a los ricos despide con las manos vacías». ¿Demasiado fuerte? ¿Jesús, María, Lucas, que transmite estas palabras, se guían por la lucha de clases?
En resumen, la Nota en sus planteamientos metodológicos, por su forma de tratar la naturaleza de los evangelios y porque no deja espacio para su estudio crítico, responde a una actitud fundamentalista. Este documento abre un contencioso, no ya con Pagola, sino con los presupuestos básicos de los estudios bíblicos modernos, que tanto costó aceptar en la Iglesia católica y que fue uno de los signos distintivos del Vaticano II.
La antes mencionada confusión de no diferenciar el estudio histórico de Jesús de la reflexión creyente sobre su persona -ambas legítimas y necesarias- se pone de manifiesto en la Nota cuando denuncia los supuestos errores doctrinales del libro de Pagola. Y es que la divinidad de Jesús, el sentido salvífico de su muerte, su resurrección, son afirmaciones estrictamente creyentes, inasequibles como tales al método histórico. Se equivoca radicalmente la Nota cuando dice que Pagola «presenta una historia que es incompatible con la fe». En las pocas horas transcurridas desde la publicación de la Nota me he preocupado de consultarla con varios colegas españoles y extranjeros de reconocido prestigio y todos han manifestado su asombro ante esta afirmación episcopal. La Nota está anclada en planteamientos apologéticos trasnochados. La investigación histórica de Pagola está, clara y expresamente, abierta a la interpretación de la fe de la Iglesia, que ciertamente supone un desarrollo peculiar en la comprensión de la vida y persona de Jesús.
Un artículo periodístico no es el lugar para entrar en discusiones más técnicas. Pero ¿por qué esta denuncia del libro de Pagola y no se dice nada de tantos otros libros sobre el Jesús histórico de reconocidos exegetas, traducidos al castellano, y que son mucho más críticos? Se llega a decir del libro de Pagola que es «dañino». Tenemos innumerables testimonios de personas a quienes ha ayudado a profundizar en su fe y, lo que es más notable, de gente que han descubierto, con interés y hasta con entusiasmo, la persona de Jesús. Muchos pensamos que este libro ha hecho un bien pastoral y cultural inmenso. Por supuesto, en él hay muchas cosas discutibles. Esto va en la naturaleza misma de un estudio histórico, necesariamente hipotético, limitado y aproximativo (como reconoce el autor en el subtítulo). Sería muy interesante discutir algunos puntos del libro, pero lo malo es que la condena episcopal, autoritaria y descalificadora, hecha desde presupuestos fundamentalistas, impide la discusión crítica y libre. El libro de Pagola está escrito en un estilo narrativo, fluido, de fácil lectura, y aquí radica uno de sus méritos. Un libro de estas características requiere una lectura flexible, que no aísle una afirmación del conjunto y no pierda de vista el hilo conductor de la obra. En el prólogo de su libro sobre Jesús, Ratzinger-Benedicto XVI reconoce que su obra es discutible y añade: «Sólo pido a los lectores y lectoras una actitud de simpatía sin la cual no es posible la comprensión». La Nota de la Comisión episcopal, además de sus notables carencias intelectuales, refleja una lectura carente de la mínima empatía con el texto, de la voluntad de entenderlo positivamente, y así se explica que a la flojedad intelectual se una la injusticia en sus valoraciones.
Postdata
Pensaba terminar acá la entrada, pero he pensado añadir la introducción del libro de Pagola, “Jesús, aproximación histórica“, a modo de presentación del libro y sin intención de infringir los copyrights del mismo, sólo para completar esta breve reseña. Aquí está ,pues, la introducción que el mismo Pagola hace de su obra:
Introducción
¿Quién fue Jesús? ¿Qué secreto se encierra en este galileo fascinante, nacido hace dos mil años en una aldea insignificante del Imperio romano y ejecutado como un malhechor cerca de una vieja cantera, en las afueras de Jerusalén, cuando rondaba los treinta años? ¿Quién fue este hombre que ha marcado decisivamente la religión, la cultura y el arte de Occidente hasta imponer incluso su calendario? Probablemente nadie ha tenido un poder tan grande sobre los corazones; nadie ha expresado como él las inquietudes e interrogantes del ser humano; nadie ha despertado tantas esperanzas. ¿Por qué su nombre no ha caído en el olvido? ¿Por qué todavía hoy, cuando las ideologías y religiones experimentan una crisis profunda, su persona y su mensaje siguen alimentando la fe de tantos millones de hombres y mujeres?
Para mí no es una pregunta más. Tampoco un simple deseo de satisfacer mi curiosidad histórica o intelectual. Quiero saber quién está en el origen de mi fe cristiana. No me interesa vivir de un Jesús inventado por mí ni por nadie. Deseo aproximarme con el mayor rigor posible a su persona: ¿quién fue? ¿Cómo entendió su vida? ¿Qué defendió? ¿Dónde está la fuerza de su persona y la originalidad de su mensaje? ¿Por qué lo mataron? ¿En qué terminó la aventura de su vida?
Sé muy bien que no es posible escribir una «biografía» de Jesús, en el sentido moderno de esta palabra, como tampoco lo podemos hacer de Buda, Confucio o Lao-Tse; no poseemos las fuentes ni los archivos adecuados. No podemos reconstruir tampoco su perfil psicológico; el mundo interior de las personas, incluso de aquellas cuya vida está bastante bien documentada, escapa en buena parte a los análisis de los historiadores: ¿qué podemos decir del mundo íntimo de Augusto o de Tiberio? Sin embargo conocemos el impacto que produjo Jesús en quienes le conocieron. Sabemos cómo fue recordado: el perfil de su persona, los rasgos básicos de su actuación, las líneas de fuerza y el contenido esencial de su mensaje, la atracción que despertó en algunos y la hostilidad que generó en otros.
El trabajo que llevan a cabo tantos investigadores modernos puede ser discutido en un aspecto u otro, pero, cuando es realizado de manera rigurosa y honesta, resulta casi siempre purificador y ayuda a evitar graves deformaciones. Es irritante oír hablar de Jesús de manera vaga e idealista, o diciendo toda clase de tópicos que no resistirían el mínimo contraste con las fuentes que poseemos de él. Es triste comprobar con qué seguridad se hacen afirmaciones que deforman gravemente el verdadero proyecto de Jesús, y con qué facilidad se recorta su mensaje desfigurando su buena noticia. Mucho más lamentable y penoso resulta asomarse a tantas obras de «ciencia-ficción», escritas con delirante fantasía, que prometen revelarnos por fin al Jesús real y sus «enseñanzas secretas», y no son sino un fraude de impostores que solo buscan asegurarse sustanciosos negocios.
En este trabajo he buscado aproximarme a la figura histórica de Jesús estudiando, evaluando y recogiendo las importantes aportaciones de quienes están hoy dedicados de manera más intensa a la investigación de su persona. He tenido en cuenta sus análisis de las fuentes, el estudio del contexto histórico, la contribución de las ciencias socioculturales y antropológicas o los hallazgos más recientes de la arqueología. No es un trabajo fácil. He procurado evitar el riesgo de quedarme enredado en las inevitables discusiones de los especialistas, para captar a través de sus aportaciones más sólidas el impacto singular e inconfundible que produjo Jesús.
No me he dejado atrapar por la reconstrucción diseñada críticamente por este o aquel investigador. Me he esforzado por estudiar a fondo sus trabajos teniendo en cuenta un dato histórico incuestionable, que es reconocido por todos: Jesús fue recordado por quienes le conocieron más de cerca como una «buena noticia». ¿Por qué? ¿Qué es lo que percibieron de «nuevo» y de «bueno» en su actuación y su mensaje? Esto es lo que he querido estudiar y contar con palabras sencillas a los hombres y mujeres de hoy.
He querido captar de alguna manera la experiencia que vivieron quienes se encontraron con Jesús. Sintonizar con la fe que despertó en ellos. Recuperar la «buena noticia» que él encendió en sus vidas. La reflexión teológica es necesaria e indispensable para ahondar en la fe cristiana, pero no podemos permitir que quede encerrada en conceptos y esquemas que van perdiendo su fuerza en la medida en que la experiencia humana va evolucionando. La vida concreta de Jesús es la que sacude el alma; sus palabras sencillas y penetrantes seducen. El Jesús narrado por los evangelistas es más vivo que el catecismo; su lenguaje, más claro y atractivo que el de los teólogos. Recuperar de la manera más viva posible a Jesús puede ser también hoy una «buena noticia» para creyentes y no creyentes.
Es difícil acercarse a él y no quedar atraído por su persona. Jesús aporta un horizonte diferente a la vida, una dimensión más profunda, una verdad más esencial. Su vida es una llamada a vivir la existencia desde su raíz última, que es un Dios que solo quiere para sus hijos e hijas una vida más digna y dichosa. El contacto con él invita a desprenderse de posturas rutinarias y postizas; libera de engaños, miedos y egoísmos que paralizan nuestras vidas; introduce en nosotros algo tan decisivo como es la alegría de vivir, la compasión por los últimos o el trabajo incansable por un mundo más justo. Jesús enseña a vivir con sencillez y dignidad, con sentido y esperanza.
Todavía más. Jesús lleva a creer en Dios como ha creído él, sin hacer de su misterio un ídolo ni una amenaza, sino una presencia amistosa y cercana, fuente inagotable de vida y compasión por todos. Jesús nos conduce a ser de Dios como lo es él. Lamentablemente vivimos a veces con imágenes enfermas de Dios que vamos transmitiendo de generación en generación sin medir sus efectos desastrosos. Jesús invita a vivir su experiencia de un Dios Padre, más humano y más grande que todas nuestras teorías: un Dios salvador y amigo, amor increíble e inmerecido a todos.
Escribo este libro desde la Iglesia católica. La conozco desde dentro y sé por experiencia lo fácil que es confundir la adhesión a la fe cristiana con la defensa de una herencia religiosa multisecular. Conozco bien la tentación de vivir correctamente en su interior, sin preocuparnos de lo único que buscó Jesús: el reino de Dios y su justicia. Hay que volver a las raíces, a la experiencia primera que desencadenó todo. No basta confesar que Jesús es la encarnación de Dios si luego no nos preocupa saber cómo era, qué vivía o cómo actuaba ese hombre en el que Dios se ha encarnado. De poco sirve defender doctrinas sublimes sobre él si no caminamos tras sus pasos. Nada es más importante en la Iglesia que conocer, amar y seguir más fielmente a Jesucristo. Nada es más decisivo que volver a nacer de su Espíritu.
Sé que Jesús es de todos, no solo de los cristianos. Su vida y su mensaje son patrimonio de la Humanidad. Tiene razón el escritor francés Jean Onimus cuando manifiesta su protesta: «¿Por qué ibas a ser tú propiedad privada de predicadores, de doctores y de algunos eruditos, tú que has dicho cosas tan simples y directas, palabras que todavía hoy son para todos palabras de vida?». Mientras escribía estas páginas he pensado en quienes, decepcionados por el cristianismo real que tienen ante sus ojos, se han alejado de la Iglesia y andan hoy buscando, por caminos diversos, luz y calor para sus vidas. A algunos los conozco de cerca. No sienten a la Iglesia como fuente de vida y liberación. Por desgracia han conocido a veces el cristianismo a través de formas decadentes y poco fieles al evangelio. Con Iglesia o sin Iglesia, son muchos los que viven «perdidos», sin saber a qué puerta llamar. Sé que Jesús podría ser para ellos la gran noticia.
Pienso también en quienes ignoran casi todo sobre él. Personas que se dicen cristianas y que no sabrían balbucir una síntesis medianamente fiel de su mensaje. Hombres y mujeres para quienes el nombre de Jesús no ha representado nunca nada serio, o cuya memoria se ha borrado hace mucho de su conciencia. Jóvenes que no saben gran cosa de la fe, pero que se sienten quizá secretamente atraídos por Jesús. Sufro cuando les oigo decir que han dejado la religión para vivir mejor. ¿Mejor que con Jesús? Cómo me alegraría si alguno de ellos vislumbrara en estas páginas un camino para encontrarse con él.
Pero nada me alegraría más que saber que su Buena Noticia llega, por caminos que ni yo mismo puedo sospechar, hasta los últimos. Ellos eran y son también hoy sus preferidos: los enfermos que sufren sin esperanza, las gentes que desfallecen de hambre, los que caminan por la vida sin amor, hogar ni amistad; las mujeres maltratadas por sus esposos o compañeros, los que están condenados a pasar toda su vida en la cárcel, los que viven hundidos en su culpabilidad, las prostitutas esclavizadas por tantos intereses turbios, los niños que no conocen el cariño de sus padres, los olvidados o postergados por la Iglesia, los que mueren solos y son enterrados sin cruz ni oración alguna, los que son amados solo por Dios.
Sé que Jesús no necesita ni de mí ni de nadie para abrirse camino en el corazón y la historia de las personas. Sé también que otros pueden escribir sobre él desde un conocimiento histórico más exhaustivo, desde una experiencia más viva y, sobre todo, desde un seguimiento más radical a su persona. Me siento lejos de haber captado todo el misterio de Jesús. Solo espero no haberlo traicionado demasiado. En cualquier caso, el encuentro con Jesús no es fruto de la investigación histórica ni de la reflexión doctrinal. Solo acontece en la adhesión interior y en el seguimiento fiel. Con Jesús nos empezamos a encontrar cuando comenzamos a confiar en Dios como confiaba él, cuando creemos en el amor como creía él, cuando nos acercamos a los que sufren como él se acercaba, cuando defendemos la vida como él, cuando miramos a las personas como él las miraba, cuando nos enfrentamos a la vida y a la muerte con la esperanza con que él se enfrentó, cuando contagiamos la Buena Noticia que él contagiaba.
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