Arte y Música cristiana

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Predicantores (tercera parte)

Enviado por Javier F. Chento on Viernes, 4 Julio 2008Sin comentarios

Hablábamos en la primera parte de esta serie de artículos del poder motivador de la música, y en la segunda de la música moderna y el cristianismo. En esta tercera parte vamos a comentar, brevemente, el significado de hacer “música cristiana contemporánea”, para terminar, en una futura cuarta parte, hablando de la persona y obra de los cristianos que hacen “música para Dios y para los hombres”, específicamente en español y dentro de la Iglesia Católica.

Hoy por hoy, el nombre más habitual para identificar a toda esta música que se dedica a proclamar Evangelio es “Música Cristiana Contemporánea“. El origen de la expresión hay que buscarlo a finales de los 60 y comienzos de los 70, cuando en Estados Unidos comienzan a popularizarse, sobre todo en ambientes evangélicos, las canciones que usan los ritmos actuales para alabar a Dios y para anunciar su Palabra. En los antecedentes de esta realidad está otra expresión utilizada entonces, “Jesus Rock”, el rock de Jesús, sobre todo alrededor del Jesus People Movement, que comienza su singladura en 1967. De todas maneras, no voy a desarrollar esta historia, y para los interesados recomiendo leer “Huellas del cristianismo en la música” o alguno de los muchos libros que, en inglés, se han publicado al respecto, que desafortunadamente no son fáciles de encontrar fuera de Estados Unidos.

En nuestra Iglesia española y latinoamericana aún está pendiente el escribir la historia de la música cristiana a partir del Concilio Vaticano II. Ciertamente sabemos de la gran época de creatividad que siguió al Concilio Ecuménico y que, entre otras muchas cosas, provocó un caudal de nuevos y muy interesantes himnos y canciones litúrgicas a finales de los años 60 de mano, por ejemplo, de autores como Miguel Manzano que, en 1968, publica un soberbio disco lleno de grandes canciones, con musicalizaciones de varios salmos de la Biblia, canciones que aún hoy son muy cantadas en nuestras iglesias.

Fuera de la Liturgia, a comienzos de los años 70, sería injusto al menos no nombrar las aportaciones de tres autores:

  1. Vicente Morales y el grupo formado por sus hijos e hijas, Brotes de Olivo, que ya han superado los 30 años en activo y tienen en su haber una veintena larga de discos que ha puesto a disposición gratuita desde su página Web.
  2. Luis Alfredo Díaz Britos, uruguayo que, con tan sólo 15 años de edad, en 1967, publica ya su primer disco en Uruguay, titulado “Jericó”, y después de un periplo en Finlandia, donde llega a publicar otros dos discos en los años 70, se afinca definitivamente en España y publica en 1979 el conocido disco “Baja a Dios de las nubes“, después de la grabación “Ven Espíritu Santo“, con la editorial San Pablo en España, que incluía fundamentalmente composiciones ajenas a Luis Alfredo.
  3. Y, también, el agnóstico Ricardo Cantalapiedra, quien a comienzos de los 70 publica un par de discos que inmediatamente se hacen muy populares en parroquias y seminarios, con canciones  que aún resuenan hoy en día: La casa de mi amigo, Volveré a cantar, Dónde están los profetas, Pueblo mío, Hombre de barro o El profeta. Después de unos años en la música (sobre todo en la canción protesta de los últimos años del franquismo) se dedica a labores periodísticas y publica varios libros.

¿Por qué Música?

Veíamos en la primera parte de este artículo el poderoso papel motivador de la música. Está claro, pues, el porqué los cristianos deberían interesarse por este fenómeno cultural. “Si la música refleja la cultura, si nos habla de temas y asuntos importantes; y si muestra las implicaciones de varias cosmovisiones, puede decirnos bastante acerca de nuestra cultura. Líricamente, la música puede ser usada como un medio para la crítica, el elogio, la reflexión, el cuestionamiento, la rebelión y toda clase de otros pensamientos y emociones. Cuando se usa el lenguaje musical para transmitir estos pensamientos o emociones, el resultado puede ser significativo” (Jerry Salomon, en su artículo “La música y el cristiano”).

La revelación cristiana no se produce ajena a la historia. Dios se revela a un pueblo, en situaciones concretas, y con un mensaje liberador para el hombre. Desde Moisés hasta nuestros tiempos, el plan de Dios se va revelando, desde el caminar humano, progresivamente e inserto en nuestro caminar, hasta la revelación plena que, con Jesucristo, nos llama a todos a proclamar el Evangelio y construir el Reinado de Dios.

La música esta presente en este caminar como una herramienta más, desde las huellas que descubrimos en la Biblia hasta las múltiples composiciones religiosas que han sembrado la historia de la Música desde el siglo I. Está claro, pues, que el cristiano, no siendo ajeno a la Historia, utiliza la música como un medio más de (1) anunciar el mensaje de Jesucristo y (2) celebrar su Fe en la comunidad de creyentes. En muchos momentos de la historia la música ha jugado, al lado de otras manifestaciones artísticas, un papel determinante para conseguir estas dos metas. Baste recordar tiempos en los que, prácticamente, la única formación religiosa que recibía el pueblo venía de mano de los iconos religiosos, que contaban en imágenes la historia de la salvación.

Tengamos también en cuenta el hecho que uno de los libros de la Biblia, los Salmos, contiene, de alguna manera, al menos parte del “cancionero judío”.

¿Por qué Cristiana?

La expresión “música cristiana” no es equiparable, como ya comentábamos anteriormente, a otros géneros, como puede ser “Música Hip-Hop“, “Música Reggae“, “Música Chill Out“, etc. Cuando denominamos a una canción como música cristiana hacemos referencia, siempre, a dos características esenciales:

  1. El contenido confesional de sus textos.
  2. La trayectoria de vida y compromiso personal de su intérprete y autor.

Ambos aspectos son importantes, y faltando uno de ellos no deberíamos calificar a una determinado tema o autor como “cristiano”.

Las categorías Rock, Blues, Rap, Jazz, etc., se refieren siempre al estilo musical. Por tanto, querer comparar aquella categoría con el resto es intentar equiparar dos niveles distintos de clasificación.

Sin duda, esto provoca que la misma expresión “Música Cristiana Contemporánea” sea confusa y poco esclarecedora de lo que, en realidad, vamos a escuchar, salvo por los puntos que he indicado anteriormente. No existe, propiamente, la “música cristiana”. Ningún estilo musical es más apropiado que otro para proclamar el Evangelio. No hay música más o menos agradable a los oídos de Dios. No existe un vocabulario musical exclusivamente dedicado a la música sacra. Toda música, al final, utiliza las mismas notas, las mismas reglas, los mismos acuerdos. Ciertamente existen diferencias culturales de una parte a otra del globo, y nos puede resultar más o menos agradable al oído determinadas audiciones, pero esto no afecta a que, en definitiva, todos utilicemos las mismas doce notas, los mismos ritmos binarios y ternarios (y, extraordinariamente, algunos más).

¿Por qué hacer música cristiana? Porque es mandato del Señor: el “id y anunciad a todo pueblo y nación” lleva implícito que el mensaje contenido vaya en un continente adecuado. Así como no se nos ocurriría hablar en portugués a una persona que no entiende dicho lenguaje, no parece lógico que queramos trasladar las palabras de Jesucristo en formas que sean extrañas a las de quien las ha de recibir.

¿Por qué Contemporánea?

Se ha comentado mucho (en ambientes evangélicos pero también en algunos católicos) sobre la conveniencia o no de utilizar la música moderna como transporte del mensaje evangélico. Algunos pensadores otorgan a la música rock el poder de modificar las conductas personales hacia ámbitos agresivos, antisociales, alienantes, incluso la capacidad de producir “lavados de cerebro” o modificar la conducta personal. No hay quien duda de calificar a la música moderna como “intrínsecamente malvada”; incluso hay quien va más allá y la califica directamente como la “música del demonio”. No voy a pararme a explicar esta linea de pensamiento, ni a rebatirla, pero al lector interesado le invito a leer, por ejemplo, “Debate de la Música Cristiana Contemporánea“, escrito por Steve Miller y publicado en el año 2000 por la editorial Unilit.

Si la música es un poderoso medio de comunicación entre los jóvenes, como decíamos en la primera parte, ¿no es lo lógico que la usemos para llevarles a Jesucristo?. Es más, ¿alcanzaremos a los jóvenes si no utilizamos el lenguaje musical al que están acostumbrados? Tengo claro que, cantando gregoriano, serán muy pocos los peces jóvenes los que caigan en las redes de Jesús. Las palabras de san Pablo pueden iluminar esto: “Me hice todo para todos, a fin de ganar por lo menos a algunos” (Cf. 1 Cor 9,22b).

Soy de la firme convicción que deberíamos hacer más música cristiana, impregnándose de cualquier estilo, desde el más tradicional hasta el más estruendoso. Quizás acá aún tengamos una asignatura pendiente los que hacemos música católica: nos hemos acostumbrado a hacer unas determinadas lineas de estilo, más cercanas a la canción de autor, y hay otras muchas que están muy poco representadas.

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