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Capas y cortezas

Enviado por Javier F. Chento on Miércoles, 2 Julio 2008Sin comentarios

El coco es una fruta difícil de partir. Es necesario un machete o un cuchillo grande para poder acceder a su carnoso contenido.

En muchas partes de América Latina el agua del coco fresco sirve para saciar la sed del caminante. Retengo en mi memoria la asombrosa agilidad de aquéllos que suben por el tronco del cocotero, hasta bien alto, para arrancarle al palo uno de sus frutos. Luego viene el ritual de liberar al fruto de su fibrosa capa exterior, por uno de los extremos, para poder dejar apenas un pequeño agujero y que el coco sirva, también, de improvisado vaso de donde beber su contenido.

El coco seco es aún más duro. Sigue conteniendo un poco de líquido, pero por la parte interior de su corteza ha ido creciendo el sabroso y blanco contenido que todos conocemos y apreciamos.

El coco me trae a la memoria la realidad de la Iglesia. Con el paso del tiempo quizás haya perdido el frescor, aquella primera ilusión arrolladora que movía a todos los apóstoles y a las primeras Iglesias, en las que el líquido de la promesa divina se desbordaba como fuente para todo hombre y mujer.

Veinte siglos después, la Iglesia parece vieja y fuera de lugar. Similar al coco aparece ante el mundo, muchas veces, como una sociedad pasada de moda, fea o poco apetecible. Pero, en su interior, al igual que el fruto, conserva toda la esencia y el manjar de la palabra y el mensaje de Jesucristo. Viene a la mente ese pasaje de san Pablo en su segunda carta a los Corintios:“este tesoro lo llevamos en vasijas de barro, para que todos vean que una fuerza tan extraordinaria procede de Dios y no de nosotros”. (2 Cor 4,7)

Vasijas de barro, pues, personal y comunitariamente. Una Iglesia, puede ser poco atractiva a los ojos del mundo, que en su corazón guarda el más preciado de los regalos. Como todos y cada uno de los seguidores de Jesús.

Alegrémonos, pues, del regalo que Dios nos hace. Trabajemos por su Reino y hagamos cada día más accesible el tesoro a todo hombre y mujer, limpiando nuestro “coco” de esas capas fibrosas y duras que, con el tiempo, han aparecido en su exterior.

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