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Casaldáliga: el obispo de la liberación

Enviado por Javier F. Chento on Viernes, 6 Junio 2008Sin comentarios

Aprovecho la publicación de “Pedro Casaldáliga: las causas que dan sentido a su vida. Retrato de una personalidad” para hacer un necesariamente breve retrato de este apóstol catalán que ha vivido y vive su seguimiento a Jesucristo entre los pobres de Brasil.

Dom Pedro Casaldáliga cumplió 80 años y algunos de sus muchos amigos y amigas le han hecho un homenaje recogido en forma de libro, agradeciendo su vida y sus causas: la causa de la Patria Grande, de la tierra, los indígenas, las mujeres, los pobres… En Madrid, el día 11 de febrero de 2008, se presentó el libro. Federico Mayor Zaragoza, Carmen Sarmiento, Francesc Escribano y Benjamín Forcano, dieron testimonio de lo que la vida de Pedro Casaldaliga ha supuesto para ellos y para muchos creyentes y no creyentes que se han encontrado con Pedro a lo largo de su historia, pero sobre todo quisieron hacer hincapié, como a Pedro le gusta que se haga, en sus causas, en las causas a las que él ha dedicado su vida.

Además de los testimonios de amigos y amigas, este libro va intercalando entre sus páginas, escritos y poemas de Pedro.

Pere Casaldáliga, obispo emérito de Sao Félix do Araguaia (Brasil) vinculado a la ‘Teología de la Liberación‘, ha destacado durante toda su vida por su compromiso en favor de los pobres.

Pedro Casaldáliga Pla (Balsareny, 1928), misionero claretiano, fue ordenado sacerdote en 1952. En 1968 llega a Brasil y es consagrado obispo de São Félix do Araguaia (Mato Grosso, Brasil) en 1971. Después de presentar su renuncia canónica en 2003 ha sido relevado en el episcopado en 2005.

«Haber salido de Cataluña, de España, de Europa, pasar por África y venir a vivir definitivamente en este brasileño Mato Grosso de esta Nuestra América, me ha universalizado el alma. Y el contacto apasionado con la causa indígena y la causa negra me han ayudado a redescubrir la identidad de las personas y de los pueblos como alteridad y como complementariedad. Aproximarme ‘al poder de los sin poder’ en la opción por los pobres, en el movimiento popular, en las comunidades de base y en las pastorales sociales, me despertó definitivamente a la indignación y al compromiso; y también a la esperanza», nos decía recientemente como resumen de su vida.

Entre sus libros más importantes, traducidos a varios idiomas, están: los diarios, Creo en la justicia y en la esperanza (1975), La muerte que da sentido a mi credo (1977), En rebelde fidelidad (1983), Nicaragua, combate y profecía (1986), Cuando los días dan que pensar (2005); en poesía, Palabra ungida (1955), Llena de Dios y de los Hombres (1965), Clamor elemental (1971), Tierra nuestra, Libertad (1974), Fuego y ceniza al viento (1983), Cantares de la entera libertad (1984), El tiempo y la espera (1986), Me llamarán subversivo (1988), Todavía estas palabras (1989), Sonetos neobíblicos (1996); y en ensayo, Espiritualidad de la liberación, con José María Vigil (1992).

Tomado de Editorial Trotta.

Entrevista de José Manuel Vidal a Pedro Casaldáliga (extracto)

-¿El futuro de la Iglesia está en los pobres?

-Evidentemente, el futuro de la Iglesia está en los pobres, porque el mismísimo Jesús de Nazaret proclamó a todos los vientos que de los pobres es el Reino; y ya sabemos que la Iglesia sólo existe por el Reino. A los católicos, como a Pilatos, habría que recordarnos siempre la palabra contundente de Van der Meersch: “La verdad, Pilatos, es estar del lado de los pobres”.

-¿Le sigue doliendo la más que pobre África?

-África es el calabozo del mundo, un Holocausto continental. Sigo conservando en mi capilla una talla de madera con el mapa de África crucificada. Es el mayor desafío de la humanidad. Y su pecado más grande. Ni el mundo ni la Iglesia pueden abandonar a este continente condenado. Fue mi sueño morir en África. Pero, enfermo y débil, no me atreví a irme allá para convertirme en una carga para los demás.

-Ellacuría decía que “hay que ir a una civilización de la pobreza que se enfrente a la de la riqueza”.

-Hay que repartir la tierra, la ciencia, la comunicación, acabar con las armas, con la OTAN y similares, transformar la ONU. Hay que caminar hacia la intersolidaridad, porque sólo habrá justicia y democracia, cuando haya igualdad entre las personas y los pueblos. El neoliberalismo capitalista es la marginación fría de la mayoría sobrante. Hoy, para algunos, ser explotados es un privilegio. El neoliberalismo es la negación de la utopía y la mentira institucionalizada.

-El Papa denuncia continuamente la dictadura del relativismo.

-Y está bien que lo haga, pero también habría que rechazar la dictadura del dogmatismo.

-¿Cómo se lleva con Roma?

-Estamos en paz y me dejan en paz. En la Iglesia también hay espacio para la libertad, aunque debería crecer más el respeto al pluralismo.

-El Papa acaba de negar el acceso de la mujer al sacerdocio. Es increíble.

-¿Cómo puede hablar de derechos humanos la Iglesia, cuando es la única institución que sigue discriminando a la mujer? Con esta actitud, la Iglesia corre el riesgo de perder a la mujer, como ya perdió la clase obrera.

-¿Hay demasiados miedos en la Iglesia?

-Sí. La Iglesia tiene miedo de tener miedo. Le falta confianza en el Espíritu. Hay miedo al marxismo, al mundo moderno, al diálogo ecuménico, a la colegialidad episcopal, a los laicos, a la mujer y a los teólogos. A las comunidades de base, a las sectas, a la vida religiosa y a la Teología de la Liberación.

-¿Sigue siendo válida para hoy la Teología de la Liberación?

-Es cada día más necesaria. La Teología de la Liberación nació por el clamor del pueblo oprimido y del propio Evangelio que nos habla de fraternidad, de libertad y de vida. Mientras haya pobres y oprimidos, habrá Teología de la Liberación.

-¿Qué aprendió de los pobres?

-A ser agradecido por el don diario de la vida y sus pequeñas sorpresas, a no dramatizar los supuestamente grandes problemas personales, a confiar más en Dios, a tomarme más en serio las Bienaventuranzas y a vivir en una cierta pobreza.

-¿Valió la pena tanta lucha?

-Para despertar las conciencias, sí. Ahora los indígenas saben que pueden luchar. Por lo demás, nadie borrará nuestra palabra. Soy una criatura de esperanza.

[...]

-¿Cómo vive su jubilación?

-Como en una planicie de discreción, de humor escarmentado, de relativización sapiencial. Experimentando la pobreza biológica con sus limitaciones.

-¿Le asusta la muerte?

-En absoluto. La sentí muy cerca en varias ocasiones. Ha sido la compañera de toda mi vida. Desde mi infancia. Vi cómo los comunistas asesinaban a mi tío Luis Plá, un sacerdote de 33 años. Y en Latinoamérica, estamos ya acostumbrados al martirio. He vivido tensiones fuertes, pero nunca odié, aunque sí sentí una rabia fuerte y profunda ante muchas injusticias.

-¿Dónde quiere descansar para siempre?

-En el cementerio de los indios karajás, donde enterramos a los peones sin nombre, a los asesinados.

-¿La poesía es su refugio?

-Me sirve para respirar y para poner alegría en la vida. Es el fondo musical de mi trabajo diario. Me ayuda a realizar mejor la síntesis de mi vida. Es mi pan de cada día.

-¿Quiere dedicar a nuestros lectores una pequeña estrofa sobre la esperanza?

-Sobre la esperanza, como cristiano, claro, el mejor poema es una palabra sola: PASCUA. Hablando de la esperanza a los que tengan fe religiosa no cristiana, les recordaría que Dios es el Dios de la vida. Y a los que no tengan ninguna fe, les recuerdo, con un abrazo fraterno, que vamos hacia la vida, que venceremos hasta a la muerte. A nosotros nos toca esperanzar a ese mundo desesperanzado.

Entrevista a Pedro Casaldáliga

Tomada del Diario Mar de Ajó, de Argentina.

P.- ¿Qué es para usted la esperanza?

R.- Es algo fundado en la confianza en el Amor de Dios, en la convicción de que todos los seres humanos somos Hijos de Dios. Eso implica, lógicamente, que somos hermanos. Las personas tenemos genética divina. Esa confianza en Dios le lleva a uno a confiar en uno mismo y en la Humanidad. Por supuesto, la vida tiene sus problemas, pero uno tiene confianza en que existe un respaldo último que nos permitirá hacerles frente.

P.- En su vida de obispo se ha visto abocado a situaciones difíciles: amenazas, presión de una dictadura militar, incluso la muerte de colaboradores cercanos. ¿Cómo se mantiene la esperanza en esos momentos?

R.- Como le decía, estos grupos han tomado conciencia de sus derechos, han asumido su identidad con dignidad e incluso con altivez. Pero al principio no era así. Tú les hablabas de sus derechos, de la lucha y no existía eco, no había respuesta. Fue un proceso muy lento. Pero en estos 35 años han pasado muchas cosas. No sólo en Brasil. No sólo en América Latina. En todo el mundo. Hoy hay más hambre y más violencia, pero también hay más conciencia. Por ejemplo, Estados Unidos declaró la guerra en Irak, pero millones de personas declararon la paz en todo el mundo. Yo creo que la fuerza de esa conciencia es invencible, y acabará imponiéndose.

P.- Usted contribuyó decisivamente a la creación de la Comisión Pastoral de la Tierra y el Consejo Indigenista Misionero, dos organismos de la Conferencia Episcopal Brasileña dedicados, respectivamente, a la defensa de los derechos de los campesinos y de los indígenas. Imagino que esa tarea habría sido imposible sin esperanza.

R.- En primer lugar creo que lo más necesario es reflexionar sobre el sufrimiento del ser humano, sentir y ofrecer una respuesta solidaria. Lógicamente, ello debe acompañarse de las máximas competencias posibles para lo que consideramos una tarea de alta responsabilidad. Existen déficits muy importantes de formación en este campo y esta es una de las preocupaciones de la SECPAL. Creemos que sería necesario diseñar un plan formativo que garantizase una alta competencia de los profesionales y acreditar esta capacitación.

P.- La esperanza, ¿sólo es posible para el creyente, para la persona de fe?

R.- Hay muchos tipos de fe. Está la fe religiosa, pero también existe la fe en la vida. Yo he caminado junto a muchos no creyentes cuya esperanza era tan válida como la mía. Hay gente que no cree en la religión, pero cree en la vida que, en última instancia, es el sueño y el proyecto de Dios. Yo creo que en el mundo hay cada vez menos ateos, aunque hay muchos agnósticos. Pero aquí, en la Teología de la Liberación, afirmamos que lo contrario de la fe no es la duda. La fe siempre tiene algo de oscuridad de misterio. Para nosotros, lo contrario de la fe es el miedo y la cerrazón.

P.- Usted acaba de nombrar la Teología de la Liberación. Usted y varios de sus compañeros de esaPedro Casaldaliga corriente teológica, han tenido que sufrir en varias ocasiones, encontronazos con el Vaticano y sus representantes, pero siempre ha manifestado su fidelidad a la Iglesia Católica. ¿Cree posible que esta se transforme en una casa con las puertas más abiertas a la realidad, como propugnan sus sectores más progresistas?

R.- Buena parte de esos problemas que hemos sufrido obispos, sacerdotes y comunidades arrancan precisamente de una distinta proximidad a la realidad. Yo creo firmemente, y no soy el único, que la Iglesia debe inculturarse. Es decir, acercarse a las distintas realidades que se viven en el mundo. Para eso, debe descentralizarse. El punto de vista de Roma es un único punto de vista. Lo digo con todo el respeto que merece el Ministerio de Pedro. Pero creo que ese Ministerio debe ser un Ministerio de acogida, de fraternidad. Creo que la Iglesia debe ser una comunión de Iglesias. En el Nuevo Testamento se refleja esa idea. Se habla siempre de la Iglesia que está en Corintio, de la Iglesia que está en Roma. Ahora habría que hablar también, por ejemplo, de la Iglesia que está en São Félix. La Iglesia debe estar abierta a los problemas, sueños y aspiraciones de las personas. Y, en ella, unidad no tiene que ser sinónimo de unicidad.

P.- De Brasil siempre se ha dicho que es el país del futuro. Hay quien piensa que ese futuro acaba de empezar con la llegada de Lula a la presidencia. ¿Cómo ve la esperanza que para muchos supone este hecho, y no sólo para Brasil?

R.- Realmente, es un hecho insólito que un obrero metalúrgico que de pequeño hubo de inmigrar y que pasó hambre, haya llegado a ser presidente de un país como Brasil. Es también increíble que haya hecho de acallar el hambre el objetivo principal de su mandato. Pero Brasil sufre de una herencia de injusticia que no se despacha de la noche a la mañana. Su primer año de Gobierno ha sido excesivamente economicista. Tal vez era necesario. Ahora, sus amigos le exigimos al presidente un cambio de orientación hacia lo social: el empleo, la salud, la educación, las comunicaciones, los indios, la Reforma Agraria. Hay que olvidarse un poco del Fondo Monetario Internacional y mirar hacia el pueblo.

P.- No sé como lo ve usted desde Brasil, pero, desde España, parece que en Occidente hemos perdido la esperanza, que la hemos cambiado por bienestar material.

R.- Le vuelvo a citar a Marcuse: “La esperanza sólo se la merecen los que caminan”. Desde el punto de vista cristiano, no podemos olvidarnos de que la esperanza es una esperanza Pascual. Y la Pascua quiere decir también Pasión, aunque sea sobre todo Resurrección. Los cristianos somos el pueblo de las Pascua, que equivale al pueblo de la esperanza. En última instancia, la pregunta definitiva es la de la muerte y lo que se esconde detrás de ella. Si esa pregunta se responde, se responden todas las demás. Y los cristianos tenemos esa pregunta respondida. Por eso, la esperanza cristiana es una fe confiada. Pero también es posible una esperanza no cristiana. Una esperanza que se basa en la idea de que la vida siempre acaba venciendo a la muerte.

P.- En ese sentido de que la esperanza es para los que caminan, tal vez tengamos que aprender en Europa de los movimientos populares de países como Brasil, que son el ejemplo vivo de que otro mundo es posible.

R.- Otro mundo es posible cuando cada uno lucha desde el sitio que ocupa en la vida. A mí me gusta el concepto de glocalización. Es decir, la idea de que hay que conjugar lo local y lo global. Es preciso pensar y actuar localmente y pensar y actuar globalmente. Las personas están cada vez más conectadas entre sí, conocen más sus problemas, sus costumbres, sus realidades. La Humanidad, cada vez más, es y se siente una. Todos nos debemos a todos. Y, desde la perspectiva cristiana, no puede estar más claro que todos somos Hijos de Dios y, por mismo, hermanos.

P.- Cambiando un poco de tercio, y mirando hacia el dolor y la enfermedad, me gustaría que me dijese qué relación piensa que puede haber entre la esperanza y la enfermedad y si aquella puede ayudarnos a vivir ésta.

R.- Lo que está claro es que no hay respuesta científica para el dolor. Especialmente, para el dolor de los inocentes, y que tenemos que echar mano de otras cosas para poder comprenderlo, integrarlo y aceptarlo en nuestra vida. El cristiano tiene la fortuna de que puede confiar no sólo en la Palabra de Dios, sino también en los hechos de Dios. Dios no es sólo una luz que ilumina, es también compañía en el dolor, porque su Hijo se hizo solidario de nuestros dolores. Cristo sufrió, acabó muy mal, totalmente fracasado. Sin embargo, derrotó al pecado y la muerte. Pero, claro, ante el dolor, también debemos actuar. Sabiendo que la última palabra sobre las cosas no la tenemos nosotros, sino Dios y la vida. Yo siempre digo que el cielo corre por cuenta de Dios, está seguro, no hay que preocuparse por él. Nosotros debemos aplicarnos a mejorar todo lo posible la tierra. Se trata de hacer todo lo posible, como si todo dependiese de nosotros, sabiendo que no es así. La causa de Dios es el ser humano, el universo, la vida. La creación es su problema, porque es donde Él se vuelca, donde expande su Amor. Y Él está más preocupado por ella que nosotros. No olvidemos la frase del Evangelio que asegura que Dios sabe hasta de cada cabello que cae de nuestra cabeza. Ni esa del Salmo que dice que todas nuestras lágrimas se contienen en su odre.

[...]

P.- ¿Cuándo uno se hace mayor, no se va perdiendo la esperanza de que uno mismo y las cosas cambien?

R.- Yo creo que, si miramos por ejemplo a la Iglesia, las cosas han cambiado mucho, aunque no sea todavía la que queremos. Hemos cambiando y seguimos cambiando a mejor, aunque haya mucho retraso y desconfianza.

P.- Por otra parte, usted nunca ha dejado de cultivar la poesía que, de alguna manera, se puede considerar una forma radical de esperanza.

R.- Bueno, la poesía es una forma de contar penas y alegrías. Hay cosas que no se pueden decir en prosa, pero se dicen en verso. La poesía es un desahogo emocionado en la que se vierte lo que se vive, se ve y se sueña. Hay una poetisa brasileña que dice: “No soy alegre ni triste, soy poeta”. Un poeta colombiano aseguraba que el poeta, si no comprende todo, al menos lo compadece todo. Sin duda, la poesía lleva aparejada un tipo de sensibilidad que nos permite establecer una conexión especial con el mundo.

Video sobre el Pedro Casaldáliga

Semblanza de Pedro Casaldáliga hecha por Jon Sobrino.

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