Dom Helder Câmara: El hermano de los pobres
Mientras las dos terceras partes del mundo están subdesarrolladas, ¿cómo vamos a derrochar grandes cantidades en la construcción de templos de piedra olvidando a Cristo vivo, presente en la persona de los pobres?
(Helder Câmara)
Me dispongo a hacer una pequeña semblanza del obispo Helder Câmara con la impresión de que es un cristiano poco conocido y nombrado, actualmente, a pesar de sus nominaciones al Nobel de la Paz (en su día) y su proceso de beatificación en curso. Pequeño de estatura, apenas 1′60 metros, su fuerza de espíritu trascendió lo menudo de su cuerpo para llegar a ser voz de los que no la tienen, en Brasil y en toda nuestra tierra, profeta de los sin voz y orgullo de la Iglesia.
Fue reconocido internacionalmente por su compromiso con los pobres y su trabajo en favor de la paz. Los escuadrones de la muerte atentaron varias veces contra su vida, y su casa mostraba los impactos de las balas. Pero, fiel al seguimiento de su Señor y Maestro, nunca desistió en sus convicciones evangélicas y en su trabajo a favor de los pobres. Siendo obispo de Olinda y Recife durante la dictadura militar, se le admiró en el mundo entero por su decidida acción en favor de los presos políticos, por sus denuncias contra la tortura que los militares negaban, y por su defensa a ultranza de los desheredados. Miles de personas formaron filas interminables frente a la catedral, para darle el último adiós a uno de los obispos más carismáticos y, también, perseguidos de América Latina, en los días posteriores a su muerte, en Agosto de 1999.
Cuando el papa Juan Pablo II visitó Brasil en 1980, abrazó largamente al pequeño y avergonzado arzobispo, mientras le decía: “Hermano de los pobres, hermano mío“.
Biografía
Básicamente, transcribo un artículo publicado por Manuel R. Losada a poco de la muerte de Dom Helder, en Brasil.
Nacido el 7 de febrero de 1909 en Fortaleza, Ceará, estado situado en el Nordeste de Brasil, Dom Helder Câmara fue el décimo primer hijo de una familia sencilla y numerosa, compuesta de trece hijos, de los cuales sólo ocho consiguieron sobrevivir, falleciendo los demás a causa de una epidemia de gripe que asoló la región en 1905.
Su padre, Joâo Câmara, era administrativo de una firma comercial. Su madre, Adelaide Pessoa Câmara, era profesora de primaria. El nombre de Helder lo escogió el padre, siendo la denominación de un pequeño puerto de Holanda.
Ya en la infancia comenzó a manifestar su deseo de ser sacerdote. Cierto día escuchó de su padre estas palabras: “Hijo mío, ¿sabes lo que es ser sacerdote? Ser ‘padre’ y ser egoísta no pueden ir nunca juntos. El ‘padre’ tiene que gastarse, dejarse devorar”. En 1923 ingresa en el Seminario Diocesano de Fortaleza (Prainha), donde realiza los cursos preparatorios y después Filosofía y Teología. Fue ordenado sacerdote a los 22 años, el día 15 de agosto de 1931, tras haber recibido autorización especial de la Santa Sede, ya que no cumplía la edad mínima exigida, 24 años. Tras la celebración de su primera misa, en la cual usó en la predicación términos muy eruditos y de poco uso, recibió del Padre Breno, uno de sus profesores, una última lección: “No sea bobo. Vas a hablar a gente humilde. Tienes que hablar naturalmente”. Una lección que aprendió para toda su vida. Después, en los primeros años de su vida sacerdotal, el P. Helder se empeñó en la organización del Movimiento de Juventud Obrera Cristiana; en 1931 fundó la Legión del Trabajo de Ceará y, en 1933, con lavanderas, planchadoras y empleadas domésticas, instituyó el Sindicato Obrero Femenino Católico.
Estas iniciativas del joven sacerdote atrajeron la atención de Plínio Salgado, fundador y dirigente de la Acción de Integración Brasileña, que le invitó a afiliarse a la AIB, y donde ejerció actividades de Secretario de Estudios, en el Estado de Ceará. En 1935, el gobernador del Estado le propuso ser Secretario de Educación. En 1936 abandona el ideario integralista y se traslada a la diócesis de Rio de Janeiro, donde prosigue sus estudios y se dedica a la enseñanza religiosa. Entre 1947 y 1952 dirige la Acción Católica, de la cual es representante eclesiástico, y es el primer redactor y luego director de la revista Catequética y uno de los colaboradores principales de la Revista Eclesiástica Brasileña. En 1950, en Roma, tuvo el primer contacto con Monseñor Montini, futuro papa Pablo VI, con quien articula las primeras conversaciones sobre los que será, en 1952, la Conferencia Nacional de Obispos de Brasil (CNBB).
El día 20 de abril de 1952 fue elegido obispo auxiliar de Rio de Janeiro. En 1955 se destaca como organizador y secretario general del XXXVI Congreso Eucarístico Internacional; en 1956 funda, en Rio, la Cruzada San Sebastián, destinada a atender a los chabolistas (favelados o habitantes de las favelas); en 1959 funda el Banco de la Providencia, para actuar junto a los más miserables. De 1952 a 1964 ejerce el cargo de Secretario de la CNBB, promoviendo la comunión de los obispos de Brasil para mejorar la actuación de la Iglesia en la sociedad, especialmente entre los más pobres. En 1964 es nombrado arzobispo de Olinda y Recife. Perteneció a 45 organizaciones internacionales dedicadas a los derechos humanos, la justicia y la paz. Escribió unos 20 libros, traducidos a las principales lenguas.
La transición del acto de alimentar a los pobres al de preguntar por qué son pobres es el mismo movimiento que va de la “caridad” a la justicia. Dom Helder era una encarnación viva de esa lucha por la justicia, en el marco de la Iglesia que salió del Vaticano II, de Medellín, Puebla y Santo Domingo. Dom Helder, obispo de la “justicia”. Dom Helder, expresión viva de la “opción por los pobres”.
Dos hechos significativos contribuyeron al cambio de posición de Dom Helder: el golpe militar del 64, del cual él será símbolo de resistencia, y el Concilio Vaticano II, del cual es uno de los grandes articuladores. Moviéndose como el viento dentro del Concilio, en tres momentos la presencia de Dom Helder es fundamental; en el primero, podemos verlo articulando entre los cardenales y, con el propio Montini, la no aceptación de los esquemas preparados por la curia romana; en el segundo, es posible ver a Dom Helder aglutinando, en las reuniones de la “Domus Mariae”, que él dirigía, las principales cabezas de comisiones, que debatían los asuntos que serían aportados a las grandes comisiones. Una gran parte del espíritu del Concilio estaba alimentándose y estructurándose en esas reuniones de la “Domus Mariae”; en el tercer momento, encontramos un grupo de obispos preocupados por el problema del Tercer Mundo, articulados por el padre misionero en Palestina, Paulo Gauthier. Después Dom Helder comparte este liderazgo. Las preocupaciones de este grupo se expresan en la sala conciliar, enseguida, en la primera sesión, cuando el cardenal Lercaro hace una intervención apuntando que los pobres deberían estar en el centro de toda preocupación y de todo mensaje del Concilio. Así se gesta la famosa “opción preferencial por los pobres”. La creación por Dom Helder de la CNBB y del CELAM, son los frutos de ese espíritu.
También en Medellín, Dom Helder desempeñó un papel poco común, no sólo en la preparación sino en la redacción de los textos del documento final.
En opinión de Comblin, Dom Helder no era un obispo administrador, tridentino, que gobierna la diócesis con el código en la mano; era un obispo del tercer milenio, un profeta cuyo palco era el mundo. El día de su toma de posesión como obispo de Recife, no quiso ser recibido en el templo sino en la plaza pública (en paralelo con el nacimiento de Jesús en el Evangelio de Lucas), allí donde el pueblo se congrega; deseaba hacer llegar su mensaje a todos. Fue allí donde dijo: “En el Nordeste, Cristo se llama Zé, António, Severino… ‘ecce Homo’: ¡he aquí al Cristo, he aquí al Hombre! El es el hombre que necesita justicia, que tiene derecho a la justicia, que merece justicia”.
Dom Helder se resistió a la dictadura militar instalada en el país en 1964; ésta le persiguió, le calumnió y mató a algunos de sus colaboradores inmediatos. Durante el gobierno Geisel, desde el Itamaraty (palacio de gobierno en Brasilia) se empeñaron en que no recibiese el premio Nobel de la Paz. Tal vez maniobras similares expliquen, también, por qué no recibió de la curia romana el capelo cardenalicio. Perdió el Nobel, perdió el cardenalato. Como dice Frei Beto, Dom Helder hubiera engrandecido tanto uno como otro.
De su relación con la policía militar, el pueblo cuenta algunas anécdotas significativas. En cierta ocasión, la policía federal llamó a su puerta: “Venimos a ofrecerle un equipo de seguridad. Si usted muriera en accidente o fuera asesinado por un malvado, la culpa recaería sobre el régimen militar“. Dom Helder rechazó el favor y con seguridad respondió: “Ya tengo tres personas que cuidan de mí“. Los delegados se quedaron sorprendidos: “No consta en nuestros archivos. Nadie puede tener seguridad privada sin autorización oficial. Denos sus nombres“. El arzobispo respondió: “Son el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo“.
En otra ocasión, una familia pobre llamó a la puerta del arzobispo: “Señor obispo, la policía se llevó a nuestro padre confundido con un bandido. Están pegándole“. Dom Helder compareció inmediatamente en la delegación. “¡Señor obispo! -exclamó el delegado- ¿usted por aquí?“. “Sí -le respondió ‘Dom’ Helder- he venido a buscar a mi hermano“. “¿Su hermano?“. “Si, está detenido aquí. ¡Es fulano!” El delegado ordenó la inmediata liberación del preso. “¡Pero, ustedes son tan diferentes -observó el delegado- en el color de la piel y en el nombre!“. Sin titubear, Dom Helder dice: “Es que somos hijos del mismo Padre“.
Dejó el palacio episcopal y pasó a vivir en una casita en medio del pueblo, detrás de la Iglesia de las Fronteras, para poder acoger a todo el mundo. Durante el Concilio, escribió una carta al Papa Pablo VI aconsejando acabar con el estado Vaticano. Proponía que el Papa hiciese una profunda reforma en la curia romana para volverla instrumento de comunión y articulación de las Iglesias locales. Que, como en tiempos antiguos, el Papa volviera a habitar en la Iglesia de Santa María la Mayor, cerrara las nunciaturas en el mundo entero y se comunicara con las Iglesias locales a través de las conferencias episcopales. Hasta su muerte esperó una respuesta que no vió.
Defensor acérrimo de los pobres, toda su actuación se guió por la búsqueda de una alternativa que superase tanto el comunismo como el capitalismo. A causa de esa utopía, recorrió el mundo, aprendió a hablar inglés con acento nordestino y movilizó multitudes en los países desarrollados. A causa de esa utopía, movilizó las “minorías abrahámicas”, Justicia y Paz, la no violencia, los Derechos Humanos y la Operación Esperanza.
En este comienzo de siglo y de milenio, escuchamos un doble anuncio de la muerte de las utopías: de una parte, el optimismo científico-tecnológico (especialmente la informática y la ingeniería genética) está diciéndonos que no es ya necesario soñar: podemos realizar materialmente nuestros sueños. De otra parte, el neoliberalismo, después de la caída del socialismo, sería la única alternativa posible. En otras palabras: la democracia liberal en su expresión capitalista realizaría, definitivamente, las posibilidades humanas de la sociedad. Es una cuestión de perfeccionamiento, pero no hay espacio para soñar, para la utopía. Es en este contexto donde la figura de Dom Helder será más añorada.
Su trayectoria de vida simboliza y sintetiza lo mejor que ocurrió en la Iglesia Católica en la segunda mitad del siglo XX, como señala Frei Beto. En opinión del teólogo Leonardo Boff, Dom Helder Câmara es el mayor profeta del Tercer Mundo, incluso de toda la Iglesia Universal. Su último sueño era llegar al “Año 2000 sin miseria”, pero no consiguió realizarlo. Según el testimonio del sacerdote que lo asistía antes de morir, sus últimas palabras fueron: “não deixem cair a profecia” (No dejéis que caiga la profecía).
Entrevista a Dom Helder Câmara
Entrevista que Roger Bourgeon hace a Dom Helder en el comienzo del libro “El Evangelio con Dom Helder Câmara”
¿Por qué hablar de Jesús hoy?
Dom Helder Camara: Porque este Hombre ha marcado la historia. Está vivo en la historia. Yo me encuentro con él cada día, a cada paso. Y lo encuentro vivo. Él mismo dijo que el que sufre, el humillado, el oprimido, es Él. En nuestra época, en la que dos terceras partes de la humanidad viven en condiciones infrahumanas, es bien fácil encontrarle vivo.
¿Fue Jesús exactamente tal como dicen los evangelios? Yo no soy exegeta. No desprecio la exégesis, pero dejo que sean los exegetas quienes lo diluciden. Personalmente, estoy tan convencido de la existencia de Cristo como de la existencia de mi mano, con sus cinco dedos, que estoy viendo y tocando. A Jesús lo encuentro cada día. Y somos una sola cosa. ¿Cómo voy a dudar?
Pero habrá habido algún momento en el que usted lo descubrió, ¿no?
Es algo así como un niño que descubre que tiene pies: desde siempre sabe que los tiene, pero un día los descubre.
Ciertamente, un día caí en la cuenta de la presencia de Jesús en los que sufren y en mi propio interior. ¿Cuándo? Eso sí que no lo sé.
Yo he vivido en una familia que no alardeaba de cristiana, pero que actuaba como tal. Mi padre y mi madre no eran demasiado “practicantes”, desde luego. Entonces, ¿quién me inspiró la idea de ser sacerdote que tuve desde pequeño? ¿Qué significaba ese deseo en mi pensamiento de niño?
Un día mi padre me hizo esta pregunta: “Siempre estás diciendo que deseas ser sacerdote. Pero ¿sabes de verdad lo que es ser sacerdote?”. Y entonces me hizo una descripción del sacerdote que era exactamente el eco de lo que yo sentía sin comprenderlo, de lo que yo soñaba y no sabía formular: “Hijo mío, el sacerdote y el egoísmo no marchan juntos. Es imposible. Un sacerdote no se pertenece a sí mismo. Tan sólo tiene una razón para vivir: vivir para los demás.”
Aquello respondía exactamente a lo que el Señor había sembrado en mi interior. Y llevo toda la vida viviendo este sueño de ser una sola cosa con Cristo para ayudar a mis hermanos a vencer el egoísmo.
Usted habla con Jesús. Pero ¿le habla él a usted?
Cristo nos habla a todos. ¡Si está ahí!
Pero ¿puede usted escucharle?
Si se escucha al que sufre, es la voz de Cristo la que se escucha. Y cada encuentro es un encuentro muy personal.
Usted ha contado que cada noche, durante lo que usted llama su “vigilia”, habla con Jesús…
No es necesario hablar: basta con pensar. Durante mi “vigilia” trato de rehacer la unidad en Cristo. Y, junto con él, revivo los encuentros de la jornada. Vuelvo a encontrarme con la madre de familia que me ha hablado de los problemas con su marido o con sus hijos, o del hambre que padecen en su casa… y a través de esa madre tan concreta, a la que conozco por su nombre, descubro a todas las madres del mundo entero y de todos los tiempos: pobres o ricas, felices o desgraciadas. O vuelvo a encontrarme con aquel trabajador que estaba recogiendo las basuras en la calle. Yo le había mirado, pero él no se atrevía a darme la mano. Casi tuve que obligarle: “Amigo mío, lo que ensucia nuestras manos no es el trabajo; ningún trabajo ensucia las manos. ¡Lo que ensucia es el egoísmo!”. Ese hombre, ese Francisco o ese Antonio, me recuerda a los trabajadores del mundo entero y de todos los tiempos. Entonces le digo a mi hermano Cristo: “Señor, al cabo de dos mil años de tu muerte, las injusticias son cada vez más atroces.” Haciendo de este modo el balance de mi jornada, el tiempo pasa muy deprisa.
Esa presencia de Jesús que usted siente en sí ¿es realmente constante? ¿No se producen de vez en cuando ausencias, silencios, tiempos vacíos?
En ocasiones, cuando uno recibe una pequeña gracia, puede sentirse la tentación de atribuirse a sí mismo el mérito. Pero cuando la gracia es enorme, entonces ya no es tan fácil pensar que uno la ha merecido, es imposible sentir la tentación de la vanidad.
Digo esto a propósito de la gracia que el Señor me concede de mostrárseme siempre tan presente en mí mismo, en nosotros, en los demás en general, pero especialmente en los que sufren. Tan presente, que muchas veces, cuando preveo que un determinado encuentro me inquietaría o me fatigaría o me pondría nervioso si yo me encontrara solo, o cuando debo aconsejar o animar a una persona, digo: “Señor, sé realmente una sola cosa conmigo. Escucha con mis oídos, mira con mis ojos, habla con mis labios. Yo no sé lo que debo decir. ¡Habla tú! ¡Te presto mis labios! ¡Que mi presencia, Señor, sea tu presencia!” Eso es todo.
En Río de Janeiro, en lo alto del Corcovado, hay una enorme estatua de Cristo que suele estar oculta por las nubes. Y yo suelo pensar: “Señor, hay hermanos y hermanas que sufren de tal modo que tienen la sensación de que has desaparecido de sus vidas, de que te has escondido, de que ya no estás presente. ¡Yo sé perfectamente que estás ahí, pero ellos no pueden descubrirte!”
Cuando considero la enorme responsabilidad que significa el ver siempre a Cristo sin el impedimento de las nubes, no puedo pensar que se deba a mis méritos, a mi virtud. Entonces rezo por los que se encuentran entre tinieblas, por los que no ven nada: “No os inquietéis: Cristo está ahí! Eso no son más que nubes, pero él está ahí. ¡Ya desaparecerán las nubes y comprobaréis que el Señor está ahí!”
El que Dios, para hacerse hombre, eligiera un pueblo tan pequeño como el pueblo judío, ¿no resulta a veces extraño?
Me parece maravilloso. Cristo ha venido para todos los hombres de todos los tiempos. Pero le pareció que la mejor manera de estar presente en todas partes consistía en elegir un pequeño rincón del mundo, una determinada cultura, un determinado idioma. Es una gran lección para todos nosotros, los que estamos encargados de perpetuar la presencia viva de Cristo. No hemos sido creados para vivir en el vacío, ¡de ninguna manera! Hemos sido creados para encarnarnos en algún rincón del mundo, allí donde la vida nos ha puesto o donde nos ha llevado la voluntad de Dios.
Aquí, en el Brasil, yo me encuentro con misioneros de casi todos los países del mundo: sacerdotes, religiosas, laicos… Llegan a nosotros con espíritu de encarnación. Asumen todos nuestros problemas, no para resolverlos, sino para animar a resolverlos. A través de ellos, a través de todos nosotros, prosigue la encarnación, al igual que la redención.
Hasta el Vaticano II, muchos de los cristianos habíamos considerado a los judíos como “deicidas”. Yo no llego a entender el odio contra los judíos. Nuestro Dios es el Dios de Abrahán, de Isaac y de Jacob. María, la madre de Cristo, fue judía. El propio Cristo era judío. Es una auténtica hipocresía cargar a nuestros hermanos judíos con la responsabilidad de la muerte de Cristo. Si Cristo murió, fue por culpa de nuestras debilidades, de nuestros pecados. Deicidas lo somos todos.
Pero, felizmente, el Cristo muerto ha resucitado. Y esto sí que es importante: la resurrección de Cristo. ¡Somos hijos de la resurrección! No hemos nacido para la muerte, sino para la resurrección. A veces llego incluso a olvidar que somos deicidas. Y es que pienso que, aunque no hubiéramos pecado, el Hijo de Dios habría encontrado la manera de hacerse hombre para participar más plenamente en nuestra naturaleza humana, hasta la muerte.
Porque Dios siente debilidad por el hombre. Ama a toda la creación, claro que sí; pero dentro de ella tiene una mirada especialísima para el hombre. ¡Es formidable este amor entre Dios y el hombre! Estoy convencido de que, aunque no hubiéramos pecado, Dios habría encontrado una razón para encarnarse. Se habría hecho hombre para llevarnos a participar de su naturaleza divina.
Es realmente maravilloso lo que Dios ha hecho al crear al hombre. Es verdad que tenemos mucho en común con los minerales, con las piedras… También con los vegetales: los árboles respiran, se alimentan, crecen… Y nosotros también. Y no puede negarse que somos, por así decirlo, “hermanos” de los animales. Pero además, a un nivel superior a nosotros, participamos de la naturaleza de los ángeles y de la del propio Dios… ¡Qué aventura, qué audacia, reunir en una misma criatura tantos y tan diferentes caracteres! Por eso le es tan difícil al hombre conservar el equilibrio: hay tantos mundos que nos atraen desde dentro mismo de nosotros… Y es Cristo quien nos proporciona la unidad. Es Cristo quien unifica todos esos mundos que hay en nosotros.
¿Piensa usted que el hombre es de verdad tan absolutamente único en su especie dentro del universo?
Me parece que sería totalmente ridículo pensar que únicamente hay vida en la Tierra, habiendo como hay millones de planetas… Cuando hablo de la preferencia del Creador por el hombre, me refiero a nuestra pequeña Tierra. No sé lo que sucede en otras partes del universo. Pero el hombre lo sabrá algún día.
Recuerdo que, cuando llegaron a la luna los primeros astronautas, me encontré en Brasil con personas muy sencillas que no lo creían: “¡Es propaganda yanqui!” -”Que no; que esta vez es verdad… Que el hombre ha llegado realmente a la luna…” -”¡Pues entonces es un desafío contra Dios! ¡El hombre ha ido demasiado lejos!” -”No, hermano, no es así. No te preocupes. Esto es sólo el comienzo del comienzo. El día en que el hombre llegue a Saturno - y llegará algún día- verá que aún no ha llegado al final del universo, sino tan sólo al final del comienzo.”
Si en otros lugares hay otras formas de vida, ¿piensa usted que conocen a Dios? ¿Qué conocen a Jesús?
Cuando pienso en la diversidad de mundos que se encuentran reunidos aquí, en la criatura humana, me siento hermano de cada uno de ellos. ¡Con qué alegría presto mi voz a las piedras, a los árboles, a los animales de mi calle o del bosque! Y les digo: “Tal vez no sepas hablar ni pensar. Tal vez no puedas saber que existe un Creador. Por eso voy a hablar yo en tu nombre. Voy a prestarte mi voz.”
Exactamente de la misma manera, pienso que, si hay millones de criaturas que quizá no han escuchado nunca el nombre de Cristo, éste está con ellas a pesar de todo. Cristo está en todas partes con todo el mundo de Dios, no sólo con quienes le conocen. La única diferencia entre los cristianos, que conocen a Cristo, y los demás, es que aquellos tienen mayor responsabilidad.
En su libro sobre “Los años oscuros de Jesús”, decía Robert Aron que Moisés había sido el instrumento de la victoria de Dios sobre la idolatría primitiva del pueblo de Israel, y que, más tarde, Jesús había sido el instrumento de la victoria de Dios sobre la idolatría evolucionada de griegos y latinos. Hoy quedaría por superar el pensamiento materialista. Pero Robert Aron no decía quién sería el instrumento de esta victoria.
¿Qué quiere decir eso de “el materialismo”? Para mí, la materia es algo vivo. A su manera, también ella habla, canta y ora. La materia es santa, porque todo cuanto existe, o bien ha sido creado directamente por el Señor, o bien ha sido creado por el Creador a través del co-creador que es el hombre.
¡Comprendo estupendamente a Teilhard de Chardin cuando se sumerge en el corazón de la materia y descubre que está viva!
Para usted, ¿no existen fronteras entre la materia, la vida y el espíritu?
No, no hay fronteras. Me parece que es igualmente fácil orar al Señor contemplando la sonrisa de un niño, la salida del sol o el vuelo de un reactor. Porque siempre se trata de la Creación.
Oraciones de Dom Helder
| ¡Ven, Señor!
¡Ven, Señor! |
El puente
Para librarte de ti mismo, |
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