Diario de viajes 03: 9 de Junio de 1991
Ya es domingo. Estamos a punto de finalizar la misión en este pueblo de Flores de Leán. La impresión general que me ha causado es la más triste de todos los pueblos que hasta ahora he visitado. La comunidad católica vive ahogada en la confusión y el desánimo. Nuestra palabra ha estado, más que en cualquier otro sitio, destinada a fortalecer la Fe y animar a la comunidad. Creo que la misión ha sido un bálsamo para la Iglesia de Flores, aunque sigo teniendo la misma impresión que en otros sitios: la misión pasa por los pueblos avivando la Fe, pero desgraciadamente dejando todo como cogido con alfileres. Es poco tiempo. Menos mal que confiamos en la acción del Espíritu de Dios, porque humanamente es, en muchos aspectos, desalentadora la realidad.
Antes de ayer estuvo acá el P. Andrés, de Santo Domingo, misionero que está en el pueblo de al lado, Ceibita Way. Había estado muy enfermo, posiblemente algo relacionado con la comida, porque devolvía todo lo que comía.
La Misión es un tiempo extraordinario (en el sentido de que es algo fuera de lo cotidiano y habitual), un momento especial donde el pueblo de Dios reaviva su Fe y compromiso con Jesús y con la Iglesia.
Debido a las características de la misión del 1991 (mucho área y pueblos, pocos misioneros, 4 meses nada más), había pueblos en los que no podíamos pararnos mucho, aunque hubiera sido importante y necesario consolar y animar. Flores fue uno de ellos… la situación de pobreza de las sencillas gentes, el abandono de la Fe, las sectas y la poca presencia de los animadores eclesiales (el sacerdote apenas podía visitarles una vez al trimestre)… todo se agolpaba para provocarme esos sentimientos de regusto amargo que escribía entonces. Muchas manos tendidas y pocos “los obreros enviados a la mies”; me hace recordar a don Pepe, un cura murciano que, desde el pueblo de Río Lindo, en Honduras, hacía lo posible para atender a unas 100 aldeas. Imposible, vamos.
Visto en retrospectiva, aquél fue ciertamente un tiempo de gracia. Seguramente para las iglesias que visitamos, pero indudablemente también para los creyentes que fuimos a compartir la Fe con ellos. Y un tiempo de conversión. Siempre que un creyente se acerca a los necesitados recibe una llamada a volver a Jesucristo y ser más fiel a su estilo. Dice Jesús en Juan 12: 8 que los pobres siempre estarán con nosotros. Él en ellos, sin duda alguna.
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