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El día de Internet

Enviado por Javier F. Chento on Sábado, 17 Mayo 2008Sin comentarios

El día de Internet, que se celebra esta jornada del 17 de mayo, es una iniciativa de la Asociación de Usuarios de Internet, a la que se han adherido varias organizaciones más.

La primera edición del “Día de Internet” tuvo lugar el 25 de Octubre de 2005. Posteriormente, en Noviembre, la II Cumbre Mundial de la Sociedad de la Información celebrada en Túnez, aprobó, a instancias de España, asignar el 17 de Mayo para celebrar el Día Mundial de la Sociedad de la información asumiendo como propios los objetivos propuestos.

No soy mucho de celebrar el “día de…” nada en particular. Creo que las causas, grandes o pequeñas, hay que defenderlas en el día a día y con el trabajo pequeño que se realiza, a multitud de niveles, por las personas e organizaciones anónimas, además de por los organismos e instituciones oficiales. No está de más celebrar el “día del Hambre en el mundo”, el “día de la mujer maltratada” o cualquiera de los cientos de celebraciones similares que pueblan nuestro calendario, pero ojalá diésemos el salto y pasar de celebrar el “día de…” a celebrar el “día perpetuo” de lucha contra (o a favor… según la formulación) de las causas realmente importantes, comenzando con paliar las injusticias más escandalosas que pueblan nuestro orbe y degradan la dignidad de las personas que, desde mi perspectiva cristiana, es la ofensa más grave ante Dios, pues Hijos del Padre somos todos.

Pero, ya que el día de Internet está aquí, voy a hacer un par de reflexiones al respecto.

La Historia de Internet es relativamente moderna. Para muchos es una realidad que se ha hecho cotidiana, sobre todo para los más jóvenes de nuestra sociedad. Para mí, mis primeros contactos con Internet se remontan a mis estudios universitarios en la Universidad de Zaragoza, donde cursaba Ciencias Exactas, allá a finales de los años 80. En la especialidad de “Matemática Aplicada” teníamos bastante trabajo práctico relacionado con la Informática. Recuerdo la sala de computación de la Facultad, donde un enorme ordenador ocupaba un vasto espacio del sótano de la misma, y los terminales de ordenador, por supuesto en modo texto, desde donde comenzábamos a interconectarnos y a realizar nuestros trabajos de carrera. Desde luego, nada que ver con la actualidad, apenas 20 años después; me atrevería a segurar que muchos ordenadores personales, hoy, tienen más capacidad que aquél monstruoso ordenador de la Facultad.

Mis primeras conexiones a Internet desde casa, con un flamante modem de 2400 baudios (con su característico y estridente pitido), a comienzos de los 90 y a través de los enlaces de la universidad (aún no existían proveedores de acceso a Internet como ahora), me permitían una velocidad de acceso de unos 240 caracteres por segundo. Comparado con la velocidad promedio de las conexiones ADSL de hoy en día, con unos 300 kbs de bajada, esto suponía que eran unas 1.200 veces más lentos que los de la actualidad. Da vértigo sólo de pensar lo que ha evolucionado la capacidad de conexión en tan poco tiempo; lo que el futuro nos va a deparar es inimaginable.


Por un Internet universal

Internet se ha convertido en una presencia cotidiana positiva en la vida de muchos. Desgraciadamente, no para todos. Aunque ya es habitual verlo en todas partes (el lugar más curioso desde donde me he conectado a Internet: en una remota aldea de Bolivia, mediante una conexión vía satélite), hay que reconocer que, para la democratización del uso de Internet, aún falta bastante. Aún son muchos millones de personas, y como siempre, en los países más empobrecidos de este mundo, que no tienen acceso a la educación, cultura e información, también a través de Internet, sin ni tan siquiera un ordenador. Y también son muchos millones los que navegan por un Internet capado por sus gobiernos totalitaristas… porque la información es conocimiento y, según estos “dirigentes”, el conocimiento es peligroso.

La Asociación de Usuarios de Internet ofrece un modelo de “Declaración de principios” en cuanto al acceso a Internet que, como puntos básicos, incluye los siguientes:

La educación, el conocimiento, la información y la comunicación son esenciales para el progreso, la iniciativa y el bienestar de los seres humanos. Es más, las tecnologías de la información y las telecomunicaciones (TIC) tienen inmensas repercusiones en prácticamente todos los aspectos de nuestras vidas.

El rápido progreso de estas tecnologías brinda oportunidades sin precedentes para alcanzar niveles más elevados de desarrollo. La capacidad de las TIC para reducir muchos obstáculos tradicionales, especialmente el tiempo y la distancia, posibilitan, por primera vez en la historia, el uso del potencial de estas tecnologías en beneficio de millones de personas en todo el mundo incluídas las que integran y desarrollan su actividad en nuestros pueblos y ciudades.

Estamos entrando colectivamente en una nueva era que ofrece enormes posibilidades, la era de la Sociedad de la Información y de una mayor comunicación humana. En esta sociedad incipiente es posible generar, intercambiar, compartir y comunicar información y conocimiento entre todas las redes de telecomunicaciones del mundo.

Estamos decididos a mantener el compromiso para garantizar que las oportunidades que ofrecen las TIC redunden en beneficio de todos nuestros ciudadanos, para responder a tales desafíos, todas las partes interesadas debemos colaborar activamente para dar a conocer las posibilidades que brinda la Sociedad de la Información, promoviendo y respetando la diversidad cultural y el buen uso de las nuevas tecnologías.

Creo que es una declaración que se podría suscribir sin problemas por parte de todos.


Internet y Evangelización

Millones de páginas Web cristianas se alojan en la Red de Redes, de todo pelo, orientación y con los mensajes más variados (y hasta contradictorios), Internet es también un reflejo de la realidad eclesial, católica y diversa, dinámica y dialéctica, una y múltiple, universal y también específica.

Trovador fue la primera página Web que construimos, allá por 1995, cuando descubrimos que no había nada en la Red de Redes que hablase de la música cristiana contemporánea en castellano. Nació como servicio a la Iglesia y conexión con el mundo. Y con esos mismos objetivos sigue hoy.

Nadie, hoy en día, duda de las capacidades de Internet para llevar el Evangelio a toda criatura. Hoy por hoy es posible acceder a los contenidos de nuestra Fe, gracias a Internet, de una manera que era impensable hace tan sólo unos pocos años. Esto nos debería animar a actuar con responsabilidad a la hora de mantener los sitios Web que hablan de Jesucristo, de su Iglesia y Su mensaje.

De todo esto sabe muchísimo más que yo mi hermano en la Fe, Alfredo Arambillet, quien ha dado ya varios cursos y conferencias sobre el tema; así que desde aquí le animo a que, en algún momento, pueda escribirnos a todos sobre este asunto.

Termino con unas reflexiones sacadas de la página “Ciudad Nueva“, publicadas hace unos años (en 2002):

Evangelizar por Internet, evangelizar Internet

El Consejo Pontificio para las Comunicaciones Sociales ha publicado para esta ocasión dos importantes documentos: “Ética en Internet” e “Iglesia e Internet”, que engrosan dos colecciones de gran predicamento publicadas durante este pontificado, una de ámbito tanto académico como práctico sobre la ética y la deontología comunicativas (“Ética en la publicidad”, de 1977, y “Ética en las comunicaciones sociales”, de 2000), y otra en el ámbito de la incidencia mediática en la acción pastoral (“Pornografía y violencia en las comunicaciones sociales: una respuesta pastoral”, de 1989, “Criterios de colaboración ecuménica e interreligiosa en las comunicaciones sociales”, de 1989, y “Aetatis Novae”, de 1992).

Estos documentos, especialmente los de este año, constituyen un aggiornamento del Magisterio de la Iglesia ante los nuevos retos éticos, jurídicos, educativos, psicológicos, sociales, culturales, económicos, etc. Resulta, pues, muy actual la prontitud, la creatividad y la audacia con que la Iglesia –especialmente en los países en vías de desarrollo, como demuestra la RIIAL (Red Informática de la Iglesia en América Latina)– ha sabido estar presente en este nuevo medio de comunicación social, tal vez el único medio moderno al que la Iglesia no ha llegado tarde. La presencia de las instituciones, grupos, experiencias e iniciativas eclesiales en Internet no es sólo misionera por su cantidad y calidad, sino que es un gran testimonio de la Iglesia una. Una en su pluralidad, una en su comunión.

Y esto tiene que ver con el hecho de que, aunque la estructura de la Red permite establecer vínculos sencilla y rápidamente, su gran inconveniente es la dispersión. La razón es muy sencilla: la relación de afecto y confianza tienen que existir antes para que una “página” remita a otra.

Se ha dicho que la Iglesia puede ofrecer contenidos a Internet, y ésa es una gran oportunidad. Es verdad, pero no sólo. También puede ofrecer la globalización que Cristo mismo propuso, que es la comunión universal. Internet es una gran ventana en la que verificar aquello de “en eso conocerán que sois mis discípulos”. El uso de los enlaces en la Red entre páginas eclesiales permitirá que, si un internatua da con una web eclesial, pueda empezar un recorrido prácticamente interminable, pues debería poder enlazar con todas y cada una de las páginas eclesiales existentes en la Red, que seguramente son cientos de miles. Se encontrará ante un colorido y floreciente jardín donde la vida nueva, la sabiduría milenaria, la novedad del Evangelio son perfectamente reconocibles e irresistiblemente atractivas.


Un nuevo foro para el Evangelio

En el mensaje para esta Jornada, Juan Pablo II afronta “con realismo y confianza” los desafíos y las oportunidades, no ya de su implantación, sino de la nueva cultura que comporta Internet: globalización, transmisión y expresión de la cultura. Y se remonta a Pentecostés. Desde aquel día, si ha habido alguien que haya querido difundir un mensaje unívoco y permanente en todas las lenguas y a todos los lugares del mundo ha sido la Iglesia, que ha sabido afrontar a lo largo de los siglos todos los retos de la historia: «la era de los grandes descubrimientos, el Renacimiento y la invención de la imprenta, la Revolución Industrial y el nacimiento del mundo moderno». Y a la misma altura que esos retos sitúa el Papa el reto de las nuevas formas de comunicación, sobre todo Internet.

Le agrada a Juan Pablo II –ya lo hizo en la encíclica Redemtoris Missio– comparar el ciberespacio con el antiguo foro romano, en cuanto lugar comunicativo donde no sólo se refleja la cultura del ambiente, sino que también crea una cultura propia. Este nuevo foro es «una llamada a la gran aventura de usar su potencial para proclamar el mensaje evangélico. Este desafío está en el centro de lo que significa, al comienzo del milenio, seguir el mandato del Señor de remar mar adentro». Su potencial para «la información, documentación, y educación sobre la Iglesia, su historia y su tradición, su doctrina y su compromiso en todos los campos», ofrece, sobre todo a los jóvenes, una ventana abierta «para pasar del mundo virtual del ciberespacio al mundo real de la comunidad cristiana«. «Por tanto –concluye– es evidente que, aunque Internet no puede suplir la profunda experiencia de Dios que sólo puede brindar la vida litúrgica y sacramental de la Iglesia, sí puede proporcionar un suplemento y un apoyo únicos para preparar el encuentro con Cristo en la comunidad y sostener a los nuevos creyentes en el camino de fe que comienza entonces».


De evangelizar por Internet a evangelizar Internet

Se puede evangelizar a través de Internet, pero ¿se puede y se debe evangelizar Internet? El aspecto más novedoso del magisterio del Papa sobre la comunicación social consiste en que no basta usar los medios «para difundir el mensaje cristiano y el Magisterio de la Iglesia, sino que conviene integrar el mensaje mismo en esta nueva cultura creada por la comunicación moderna» (Redemtoris Missio, nº 37).

El actual desarrollo de la cultura internáutica, además de los graves perjuicios éticos en su uso y el vacío jurídico a la hora de proteger la dignidad humana, ofrecer un flujo efímero de información de «lo tangible, útil e inmediatamente asequible», y no un flujo de valores. Esto suscita al menos tres grandes interrogantes «vinculados íntimamente con la misión evangelizadora de la Iglesia»:

1.- Dado el gran contraste entre la sabiduría como «mirada contemplativa sobre el mundo» y la mera acumulación de datos, ¿cómo hemos de cultivar la sabiduría, que no viene de la información, sino de la visión profunda, la sabiduría que comprende la diferencia entre lo correcto y lo incorrecto y sostiene la escala de valores que surge de esta diferencia?

2.- No cabe duda de que la revolución electrónica entraña la promesa de grandes avances con vistas al desarrollo mundial; pero existe también la posibilidad de que agrave las desigualdades existentes al ensanchar la brecha de la información. ¿Cómo podemos asegurar que la revolución de la información y las comunicaciones, que tiene en Internet su primer motor, promueva la globalización del desarrollo y de la solidaridad del hombre?

3.- ¿Cómo garantizar que este magnífico instrumento, concebido en el ámbito de operaciones militares, contribuya ahora a la causa de la paz? ¿Puede fomentar la cultura del diálogo, de la participación, de la solidaridad y de la reconciliación, sin la cual la paz no puede florecer?

El gran reto para que este medio –se trata de un medio, no de un fin en sí mismo– sirva a la evangelización, pasa por la misma evangelización de Internet. Y viceversa, sólo haciendo que en su «galaxia de imágenes y sonidos» aparezca el rostro de Cristo, podemos evangelizar dicha galaxia: «Sólo cuando se vea su rostro y se oiga su voz el mundo conocerá la buena nueva de nuestra redención. Esta es la finalidad de la evangelización. Y esto es lo que convertirá Internet en un espacio auténticamente humano, puesto que si no hay lugar para Cristo, tampoco hay lugar para el hombre».

A partir de este postulado, las concomitancias entre la Iglesia y la Red resultan inabarcables. Como apunta la profesora María Dolores de Miguel, «navegar por la Red fascina y seduce porque es un proceso de búsqueda y de explotación interactiva. Y podría convertirse en parábola del camino de fe: como el cibernauta, así también el peregrino busca y explora. Llegar a descubrir al Señor y seguirle es un largo camino de fe interconectado, de búsqueda apasionada junto con los compañeros de camino en la larga marcha de la vida».

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