La furia de los hambrientos
El periódico “La Vanguardia“ publicó el cuatro de abril de 2008 un artículo que es digno de mención. Su autor es Lluís Foix, antiguo director de dicho periódico. La información recogida en él es, sencillamente, estremecedora. Ojalá provoque nuestra reflexión. Lo copio acá tal cual, sin más comentario… se comenta él solo.
La alarma global se ha disparado. No es la crisis financiera que infunde inseguridad y miedo en el mundo desarrollado. Es la hambruna que se adueña de amplias regiones del planeta y que llega a afectar a 33 países.
Las escenas escabrosas de miles de haitianos marchando al grito de “tenemos hambre” por las calles de Puerto Príncipe el pasado fin de semana presagian una crisis mundial mucho más inquietante que la de la energía o de la economía.
La hambruna se da cuando un país o una zona del mundo no posee suficientes alimentos y recursos para alimentar a su población. La tasa de mortalidad se dispara por la desnutrición. El Proyecto Hombre de las Naciones Unidas da cuenta que cada día mueren 24.000 personas en el mundo por hambre.
El ex secretario general de la ONU, Kofi Annan, ha descrito esta “calamidad como una de las peores violaciones de la dignidad humana“. Los alimentos son cada vez más escasos y caros y millones de personas no pueden adquirirlos. Las 200 personas más ricas del mundo tienen tanto dinero como el 40 por ciento de la población global. Una consecuencia de este desequilibrio es que unos 850 millones de personas se van a la cama cada noche hambrientos.
La crisis alimentaria tiene causas muy variadas pero identificables. Para citar sólo algunas se pueden mencionar los millones de personas desplazadas por guerras, el crecimiento constante de la población mientras la extensión de tierras cultivables disminuye.
El cambio climático provoca sequías, inundaciones, tormentas y erosión de tierras. El proteccionismo en muchos países desarrollados impide la libre circulación de productos básicos. Se dedica más espacio a la ganadería que a la agricultura.
La crisis se agudizó el lunes cuando Indonesia, uno de los más grandes productores de cereales del mundo, prohibió las exportaciones disparando los precios desmesuradamente. Lo mismo ocurre con el maíz y el arroz. La prohibición de exportar alimentos aumenta los precios.
Iraq y Sudán, que fueron los graneros del mundo árabe, dependen ahora de los programas de la FAO. Más de un millón de iraquíes viven de las ayudas alimentarias internacionales y otros dos millones en la región sudanesa de Darfur viven la misma trágica experiencia.
La escasez de alimentos ha llegado a la opulencia de Dubai donde las autoridades de aquel país desenfrenadamente capitalista han congelado los precios de veinte variedades de comida. Las legiones de indios y de pakistaníes que trabajan en la construcción de Dubai, una de las muestras más escandalosas de los ingresos de los petrodólares.
Treinta y dos de los ochenta millones de egipcios ganan menos de un dólar al día. El precio del aceite de cocina ha subido un 40 por ciento en el último año. En Jordania, con un sistema agrícola modernizado, los precios de los piensos han aumentado un 60 por ciento en un año.
La crisis del hambre afecta a cientos de millones de africanos, de árabes y del sudeste asiático. Como si fuera una plaga bíblica o como si se tratara de la crisis de la patata en Irlanda hace dos siglos, la que padeció Ucrania por órdenes de Stalin en los años treinta o la de India en el siglo XIX.
Eran crisis locales y se conseguían soluciones concretas. Ahora, la crisis es global. En India se calcula en 220 millones los desnutridos. China tiene un cuarenta por ciento de la población mundial pero sólo dispone de un 7 por ciento de la tierra cultivable del planeta.
Esta demanda implica que los dos grandes colosos demográficos asiáticos tengan que importa alimentos a gran escala y a precios elevados, obligando a los países productores a reducir las exportaciones para asegurar alimentación a sus propios ciudadanos.
No es una crisis militar, política o económica. Es una crisis humanitaria de grandes dimensiones, fruto de la globalización y de la libre circulación de mercancías y alimentos, la acción del mercado que actúa libremente sin tener en cuenta que las personas son más importantes que la economía, la finanzas o la potencia militar.
Estados Unidos y Europa, el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional han hecho propuestas pero no no han aportado soluciones. Esta crisis planetaria que afecta también a Mauritania, Mozambique, Senegal, Costa de Marfil, Camerún, Yemen, Pakistán y Argelia se traduce en un fortalecimiento de los movimientos islámicos radicales en muchas partes del mundo.
Si todo lo que se ha invertido en las guerras de este siglo en Oriente medio, desde Afganistán a Iraq, pasando por el rearme de países tan poco democráticos como Pakistán y Arabia Saudí, se hubiera dedicado a facilitar alimentos a los más desprotegidos y pobres, seguramente se habrían reducido estas calamidades.
Muchos millones de pobres del mundo se acuestan con hambre. En Occidente, la gran mayoría cenamos regularmente bien. Pero no deberíamos conciliar el sueño si nuestras conciencias despertaran viendo cómo el mercado desbocado provoca tanto sufrimiento. Los gobiernos de Japón, Gran Bretaña y Francia empiezan a ver la magnitud de la tragedia, tan o más destructiva que las guerras para controlar los recursos energéticos precisamente en esas partes del mundo.
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