Si no os hacéis como niños…
Hace unos días escribía sobre Felipe Huete y la experiencia que vivimos el 2 de Junio de 1991 en El Astillero (Honduras), donde vivió este gran Delegado de la Palabra que murió baleado.
En Agosto de 2004, al final ya de nuestra estancia en Honduras, pudimos volver a recorrer aquellas tierras por segunda vez. Fue un viaje relámpago, un regalo el poder contar con un coche que nos llevara “de excursión” a aquellos parajes que pateamos 13 años antes. Viajamos hasta allá Asun, Luismari y yo.
Dos cosas muy relevantes pasaron en aquella tarde.
Una fue el encuentro, en plena carretera, con un muchacho de veintipocos años, al que Asun reconoció instantáneamente; contaré otro día aquel breve pero intenso reencuentro, que nos dejó a los tres al borde de las lágrimas de tanta emoción.
La segunda fue el reencuentro con la familia de Felipe Huete. Aquél preadolescente que cantó “Soy campesino” ante la tumba de su padre, del que hablaba en la entrada anterior, se había convertido en un hombre hecho y derecho, con una hermosa familia. Más aún… había recogido el testigo de su padre y ahora era el Delegado de la Palabra de su aldea. Salimos de la casa de Huete sobrecogidos por la humildad de esta familia, por sus firmes convicciones de Fe, y también por la fuerte confianza en Dios y esperanza en sus promesas que destilaban cada una de sus palabras.
La foto de este mensaje es del nieto de Felipe Huete. Su mirada franca, despierta, transparente, viva, traspasa el alma y refleja la bondad de Dios. ¡Quién tuviese esa mirada! Trae a la memoria aquél versículo en el que Jesús nos llama a ser sencillos y sinceros como los niños, para poder entrar en el Reino de Dios: “Si no os hacéis como niños no entraréis en el Reino de los Cielos” (Mt 18, 3).
Ante tantos millones de niños y niñas explotados en nuestro mundo, pasando por situaciones de hambre, desnutrición, abandono, explotación laboral y sexual, Jesús nos marca la actitud más auténtica, desde el Evangelio, para con los niños: “Le presentaban unos niños para que los tocara; pero los discípulos les reñían. Mas Jesús, al ver esto, se enfadó y les dijo: «Dejad que los niños vengan a mí, no se lo impidáis, porque de los que son como éstos es el Reino de Dios. Yo os aseguro: el que no reciba el Reino de Dios como niño, no entrará en él». Y abrazaba a los niños, y los bendecía poniendo las manos sobre ellos.” (Mc 10, 13-16).
Jesús “abraza” y “bendice” a los niños:
- Abrazar es acoger con cariño y protección, cuidar con mimo al pequeño que nos necesita y nos entrega su amor y confianza.
- Bendecir es invocar la especial protección de Dios sobre ellos.
Jesús es especialmente contundente ante dos realidades humanas: la infancia y la pobreza. Para la primera nos dice que “el que escandalizare a uno de esto pequeñitos, que en mí creen, mejor le fuera que colgasen a su cuello una piedra de molino de asno, y le anegasen en el profundo del mar” (Mt 18, 6). Para la segunda, Jesús nos recuerda que “le resulta más fácil a un camello pasar por el ojo de una aguja, que a un rico entrar en el reino de Dios” (Mc 10, 25).
Dicen los exegetas que Jesús, con la expresión “ojo de una aguja”, se estaba refiriendo a una pequeña puerta en la enorme puerta de entrada a la ciudad, de modo que la gente común pudiera ir y venir de la ciudad sin tener que dejar la puerta ancha abierta a toda hora. Pero aquí está la cuestión: para que un camello entre, tendría que quitarse la carga que estaba llevando en su espalda, arrodillarse y gatear a través de la puerta. No imposible, ciertamente… nada es imposible para Dios… ¡pero complicado!.
Que hagamos vida estas opciones de Jesús en nuestros compromisos como cristianos.
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