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Para Kenia

Enviado por Javier F. Chento on Domingo, 11 Mayo 2008Sin comentarios

Lucrecia Pérez era una emigrante dominicana que fue asesinada en 1992, mientras cenaba con sus compañeros en una discoteca abandonada de Madrid. El racismo, una vez más, se convirtió en violencia irracional que nos estremeció a todos los que vivimos la historia. Kenia, su hija, no entendía (y ¿quién entiende?). Sólo callaba.

La noche oculta en su oscura realidad
los miedos y terrores del mundo.
Parece como si las tinieblas
fueran capaces de disolver la bondad
y la esperanza de los hombres.

Fue en una noche,
quizás entre la bruma y los sueños
producidos por el alcohol y las drogas.
Qué más da.
El odio no necesita explicarse
ni atiende a razones.

Un arma y una idea más o menos deformada
son suficientes para crear el caos
y hacer aflorar los odios.

No naciste en mi tierra, mi bien,
ni tú,
ni tu madre,
ni tu familia,
ni tus compatriotas,
ni 4.000.000.000 de pobres humanos
tuvisteis esta “suerte”.

No naciste blanca.
Dios te dio la gracia de una piel bronceada.
Nosotros creamos la desgracia de pensar
que esto es importante.

Una mano anónima cargó
con los temores y rencores
de los que están arriba de la pirámide
y destruyeron la vida
(“No matarás”, gritó Dios)
de tu mamita,
que luchaba por ti y por tu futuro.

Callaste, mi bien,
y sólo hablaron tus ojos.

El día nos estremeció
una vez más
desde los titulares de nuestros periódicos,
como todos los días,
con el más horrible y cotidiano pecado,
con la más absoluta condena
del Mal
hacia nuestra condición divina.

Luego aparecieron las razones,
los motivos,
las explicaciones,
la pena,
el llanto.
Y tus ojos, mi bien,
desentendidos,
llamando a mamá Lucrecia.

Las noticias nos hablaron de tu silencio.
Y muchos callamos contigo.
Nada había que decir, ya.

Mamá se fue.
La obligaron a hacer
prematuramente
el gran viaje
que todos habremos de emprender algún día.

Al igual que aquél
todavía no lejano día
en que hizo la obligada peregrinación
desde Santo Domingo
hasta España.
Por ti, mi bien, y por tu futuro.

La mamá ya no te podrá acariciar,
mi bien.
Pero –seguro– no faltarán otras manos
y otras voces
que acaricien tu cuerpo
y apacigüen tu alma.

Su martirio
–ojalá–
nos ayudará a abrir los ojos
y el corazón, sobre todo el corazón,
para que la Utopía
se vaya haciendo realidad
en este mundo sediento.

Reza, mi bien,
por tu mamá
y, sobre todo,
por los que aún peregrinamos
entre la violencia y la esperanza.

Javier F. Chento

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