Diario de viajes 01: 2 de Junio de 1991
Partimos de San Pedro Sula (Honduras) aproximadamente a las 8 de la mañana, camino hacia la vicaría de La Masica.
Esta parroquia añade, a la general pobreza que ya hemos visto por el resto de la diócesis, el problema de la masacre de los campesinos en la aldea de El Astillero. Allí se han quedado Luis Mari y Asun, pero nos pareció oportuno parar todo el equipo misionero a rezar un instante sobre las tumbas de los cinco campesinos. Uno de ellos era Delegado de la Palabra.
El Delegado de la Palabra es un laico que congrega y alienta la fe y la esperanza en las comunidades cristianas. Lo he visto en varios países de América Latina; allá donde el sacerdote no puede llegar más que de vez en cuando, él es el que preside las celebraciones de la Palabra de Dios, anima a la comunidad y reparte la comunión que ha ido a recoger a la parroquia (muchas veces con largos viajes). Toda mi admiración para todos los Delegados de la Palabra de nuestra querida Iglesia Latinoamericana.
Felipe Huete es el nombre de aquel Delegado que fue baleado, junto a otros cuatro campesinos, entre ellos tres familiares suyos (si no recuerdo mal, dos hijos y un yerno), asesinato ordenado por un coronel.
Masacre en El Astillero (1991): cinco campesinos fueron asesinados por un coronel del ejército. Este fue juzgado y condenado. Dos años después, recuperó su antiguo rango. La masacre del Astillero es uno de muchos incidentes: “Los Puntales” en Olancho, “La Morazán” en El Progreso, Yoro, “La Asomada” en Lempira y La Paz, entre otros. La represión no se llevó adelante solo contra los ocupantes, sino también contra líderes de agrupaciones campesinas y colaboradores que fueron encarcelados, torturados, “desaparecidos” y asesinados, según Amnesty International Urgent Action, 30 de octubre, 1997.
Adjunto dos documentos con información adicional sobre la realidad de los Derechos Humanos en Honduras en aquellos tiempos: “Honduras, una sentencia de pobreza” (de la Fundación Comparte) y “Situación de los Derechos Humanos en Honduras, 1991” del Comité para la defensa de los Derechos Humanos en Honduras.
No he podido evitarlo, y me he emocionado durante el canto dedicado a estos campesinos. Había bastante gente reunida alrededor de las tumbas (un bloque de cemento grande, desnudo, en el suelo). Se nota la rabia de saberse injustamente tratados. El ejército no tiene buena prensa entre el campesinado, y después de esto, menos. No hemos parado mucho tiempo en El Astillero, porque en San Juan Pueblo nos esperaban para tener una sencilla celebración de envío. En San Juan hemos sufrido el inconveniente de estar sin agua y sin refrescos embotellados (huelga de distribuidora) para beber. Total, más de 7 horas de fuego sin poder beber nada salvo el agua purificada con las pastillas de cloro, que dejan un amargo regusto en la garganta. El calor es agotante y húmedo, y la necesidad de líquido es constante.
Después de tomar un bocado cada uno se ha ido yendo con sus Delegados correspondientes. Los misioneros iban cada uno a su pueblo a continuar con la misión en esta Diócesis.
El preadolescente que cantó el cantito era hijo de Felipe Huete. Aún me estremece el estribillo: “Soy campesino, muy orgulloso de ellos… mártires del Astillero”. Transcribo acá la letra entera de la canción:
LOS MARTIRES DE “EL ASTILLERO”
Soy campesino, muy orgulloso de ellos:
Los cinco del tres de mayo,
mártires de “El Astillero” (2).
Cruz de flores hace el pobre celebrando el tres de mayo,
y el coronel y matones de sangre las van tintando.
Cruces de sangre y de flores en Agua Caliente, hermanos:
crucificaron cinco hombres, mártires ya los nombramos.
Dios mandó regar la tierra con el sudor de la frente;
vemos que algunos la riegan con la sangre de inocentes.
Tierra reseca del Valle, que esperas agua de mayo,
has recibido la sangre de los cinco masacrados.
“Dialoguemos”, decías, hermano Felipe Huete.
A tus ruegos respondían con AK 47.
Ya herido y de rodillas, cristiano consecuente,
a tu sangre el rezo unías, como el mártir hizo siempre.
Felipe era Delegado de la Palabra de Dios.
Un testamento ha dejado: su última celebración.
Su boca balas sellaron, mas su escrito nos quedó:
los mismos textos y cantos la Misa los celebró.
El templo de Agua Caliente tiene unos buenos cimientos:
la roca de unos valientes, las tumbas de cinco muertos.
En la Iglesia ha sido siempre motivo de crecimiento
la sangre del inocente, como en Jesús, el Ccrdero.
Un operario ha perdido la iglesia de Agua Caliente,
de Choluteca venido buscando una mejor suerte.
¡Cuántos pobres campesinos, como esta familia Huete,
en su Patria peregrinos, paseando su machete!
La tierra es para la vida; no sólo de potentados,
que una vida campesina pesa igual que un pisteado.
¡Ay rio Leán, hermano, que nuestra tierra transitas,
también a vos te asustaron los tiros de la jauría!
Escribo estas letras y apenas soy capaz de contener las lágrimas al recordar aquél día. Recuerdo la rabia y la impotencia de aquellos empobrecidos. Pero, sobre todo, recuerdo una inmensa ola de compasión y esperanza que se vivía, desde la fe, por todos los lugareños y, sobre todo, por los familiares de las víctimas. Aquella experiencia fue, sin duda, un sacramento pascual: un signo externo de un misterio profundo, de fe: la muerte y la resurrección de Dios y, con él, de todo su pueblo.
Luis Mari nos contaba, a posteriori, una anécdota que nos habla de la inmensa fe del pueblo de Dios hondureño, del que tanto aprendimos: tanto Luis Mari como Asun (seglar misionera) se quedaron a vivir con la viuda y familiares de Felipe Huete durante su estancia en Astillero. Luis Mari es un gran músico y animador, y con su acordeón anima las reuniones con los cánticos, juegos y chanzas que los participantes disfrutan con enorme alegría. Al cabo de los días la viuda le preguntó a Luis Marí por qué tocaba la “concertina” en todas partes excepto en su casa. A lo cual Luis Mari contestó: “por respeto a la muerte tan cercana de tu esposo”. Aquella buena mujer, con su respuesta, nos dio la mejor enseñanza que nadie nos podría dar: “Padre, somos cristianos, creemos en la resurrección. Sabemos que Felipe ya disfruta de la presencia de nuestro Señor y, aunque nos apena grandemente su muerte y el dolor está ahí, sabemos que Dios ya le ha dado su recompensa. Cante, Padre, en mi casa, que bastante dolor ya hemos vivido. Mis hijos tienen la desgracia de tener que crecer sin padre: que al menos sepan que esta experiencia dolorosa tiene, para nosotros, una dimensión que no arrebataron los malvados que le robaron la vida“. Nada puedo añadir a las palabras de esta gran mujer. Que Dios la bendiga.
La noche es tranquila en Honduras. El cielo es inmenso, estrellado, hermoso. El pueblo va bajando su ritmo de vida, la gente se va retirando. Son las ocho y media y ya es noche cerrada. Desde mi cama sólo se oyen los cantos del tempo evangélico… y los grillos. Ahí es nada.
Toda mi vida en una ciudad urbana (Barakaldo), y fue ir a Honduras para descubrir el cielo estrellado como nunca lo había visto. Esa maravilla es indescriptible, y en más de una ocasión me hizo proclamar el Salmo 8: “Señor, ¡qué admirable tu nombre en toda la tierra! Cuando contemplo el cielo, obra de tus dedos, la luna y las estrellas que has creado, ¿qué es el hombre para que te acuerdes de él?; ¿el ser humano, para darle poder?“.
En aquellas noches fui escribiendo trozos de la letra del canto “Lo llenas todo”, que grabé en el disco “El rostro de Dios”:
Y tu lo llenas todo desde la mañana,
con tu presencia el mundo no se va a parar,
y si está el obrero desde la madrugada
trabajando duro, ¡contigo estará!
Y por las noches sigues llenándolo todo,
eres un centinela que, sin descansar,
vela por el sueño de todos los hombres,
para que, de nuevo, se vuelva a empezar.


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