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Diario de viajes 00: Introducción

Enviado por Javier F. Chento on Domingo, 4 Mayo 2008Sin comentarios

Javier F. Chento en Honduras, con un niño de las aldeas del MErendónTengo la suerte, y la bendición, de haber podido recorrer muchos países y realidades distintas a lo largo de mi vida. Bien por la música, bien por ir a otras comunidades cristianas para animar la fe y la esperanza, he visitado casi la veintena de países (salvo 5 ó 6 de Europa, el resto de América).

Guardaba con cariño los pasaportes sellados y caducados de las distintas aduanas por las que pasé; hace años, con el cambio de hogar, aquellos pasaportes caducados, desafortunadamente, se perdieron. No es que sea muy fetichista de experiencias pasadas, pero sí que me gustaba, de vez en cuando, el revisar los sellos, que inmediatamente me traían muchos recuerdos. Por suerte aún me quedan fotografías (no muchas, la verdad… tampoco soy de los que aglomeran recuerdos en álbumes de fotos).

En 1991, en mi primer viaje transoceánico, tomé la costumbre de escribir algunas notas de los eventos diarios que me iban sucediendo. Recuerdo especialmente aquél primer viaje a Honduras como una etapa clave en mi conversión. De hecho, aunque siempre creyente e, incluso, podría considerarme un cristiano fiel y cercano a su parroquia e Iglesia, reconozco aquella visita al pueblo catracho como un verdadero “camino de Damasco” en mi vida.

Por aquél entonces ya estaba inmerso en la publicación de mi primer disco cristiano en solitario. Dejé la producción a medias para irme con el equipo de misiones populares de los Paúles de Zaragoza, durante unos meses, a la diócesis de san Pedro Sula, en Honduras, a participar en la “santa misión” que el obispo, monseñor Jaime Brufau, organizó en toda su diócesis con la “escusa” del conocido 500 aniversario del 92.

Puedo decir, sin dudar, que aquella experiencia marcó mi vida como ninguna otra que hasta entonces hubiese vivido, y mucho más que la inmensa mayoría de las que vinieron después. Cuando regresé de ella, revisé todos los textos del disco que había dejado a medias, cambié canciones, e incluso cambié el título del disco (francamente, ya ni recuerdo el título original que había pensado para él). El nuevo disco se llamó “El rostro de Dios”, y en la portada española aparecían cuatro niños hondureños, de los que conocí en aquel viaje. Tanto el título como las fotos tenían un mensaje claro y directo: la experiencia me había mostrado el rostro auténtico, puro, cristalino, radiante, del Dios que se encarnó en Jesucristo y que se sigue encarnando en los pobres. Para mí, desde entonces, no hay duda alguna: sé dónde encontrar a Dios clara y trasparentemente: en los empobrecidos. Descubrí a Dios mucho más claramente allá que en un posterior viaje que hice al Vaticano.

Ese Dios que se hace patente en mis hermanos empobrecidos, es de quien habla la canción “El rostro de Dios”: “El rostro del Señor es el de los oprimidos” no fue una frase puesta porque sí o que saliese de mi cabeza: salió directa de mi corazón a la luz de experimentarlo allá, casi tan real como la voz que Saulo escucha camino de Damasco y que le tira del caballo: “Saulo, ¿por qué me persigues?” fue la voz que él oyó. El susurro suave que yo escuché en mi corazón fue: “Javier, ¿me puedes ayudar?”.

Aquellos “Diarios de viaje” de los que hablaba están en mi biblioteca, junto con un montón de recortes y recuerdos de mis estancias en otros lugares. Nunca nadie los ha leído, a nadie se los he mostrado hasta ahora. Hoy quisiera comenzar a mostraros algunos de estos pensamientos y diarios (de poco a poco, de vez en cuando…).

Cuando, hace 17 años, comencé a escribirlos, pensé en ellos como una forma de plasmar mis sentimientos y mis reflexiones, para mí mismo. Rescatarlos del silencio de mis alacenas y darles luz es mi pequeño homenaje a todos aquellos a quienes debo, en gran parte, lo poco que soy.

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