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Archivo para la fecha 4 Mayo 2008

Partimos de San Pedro Sula (Honduras) aproximadamente a las 8 de la mañana, camino hacia la vicaría de La Masica.

Esta parroquia añade, a la general pobreza que ya hemos visto por el resto de la diócesis, el problema de la masacre de los campesinos en la aldea de El Astillero. Allí se han quedado Luis Mari y Asun, pero nos pareció oportuno parar todo el equipo misionero a rezar un instante sobre las tumbas de los cinco campesinos. Uno de ellos era Delegado de la Palabra.

El Delegado de la Palabra es un laico que congrega y alienta la fe y la esperanza en las comunidades cristianas. Lo he visto en varios países de América Latina; allá donde el sacerdote no puede llegar más que de vez en cuando, él es el que preside las celebraciones de la Palabra de Dios, anima a la comunidad y reparte la comunión que ha ido a recoger a la parroquia (muchas veces con largos viajes). Toda mi admiración para todos los Delegados de la Palabra de nuestra querida Iglesia Latinoamericana.

Felipe Huete es el nombre de aquel Delegado que fue baleado, junto a otros cuatro campesinos, entre ellos tres familiares suyos (si no recuerdo mal, dos hijos y un yerno), asesinato ordenado por un coronel.

Masacre en El Astillero (1991): cinco campesinos fueron asesinados por un coronel del ejército. Este fue juzgado y condenado. Dos años después, recuperó su antiguo rango. La masacre del Astillero es uno de muchos incidentes: “Los Puntales” en Olancho, “La Morazán” en El Progreso, Yoro, “La Asomada” en Lempira y La Paz, entre otros. La represión no se llevó adelante solo contra los ocupantes, sino también contra líderes de agrupaciones campesinas y colaboradores que fueron encarcelados, torturados, “desaparecidos” y asesinados, según Amnesty International Urgent Action, 30 de octubre, 1997.

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Javier F. Chento en Honduras, con un niño de las aldeas del MErendónTengo la suerte, y la bendición, de haber podido recorrer muchos países y realidades distintas a lo largo de mi vida. Bien por la música, bien por ir a otras comunidades cristianas para animar la fe y la esperanza, he visitado casi la veintena de países (salvo 5 ó 6 de Europa, el resto de América).

Guardaba con cariño los pasaportes sellados y caducados de las distintas aduanas por las que pasé; hace años, con el cambio de hogar, aquellos pasaportes caducados, desafortunadamente, se perdieron. No es que sea muy fetichista de experiencias pasadas, pero sí que me gustaba, de vez en cuando, el revisar los sellos, que inmediatamente me traían muchos recuerdos. Por suerte aún me quedan fotografías (no muchas, la verdad… tampoco soy de los que aglomeran recuerdos en álbumes de fotos).

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