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Capitalismo y escasez. Hambre en el mundo.

Enviado por Javier F. Chento on Viernes, 2 Mayo 2008Sin comentarios

Este artículo sobre el hambre en el mundo es del 26 de diciembre de 2003. Para actualizarlo, habría que cambiar algunos datos: ya no son 842 millones de hambrientos; se sabe que las personas que pasan hambre aumentan a razón de cuatro millones por año, así que como han pasado cuatro años… Y ya no es 2015 el año marcado como objetivo, ahora nos vamos al 2050… Entre tanto, hasta llegar al 2025 ya se habran muerto de hambre varios cientos de millones de hambrientos, así que a lo mejor, después de todo, logran cumplir el objetivo…

“Acaba de salir publicado el Informe del Hambre, un detallado reporte de la FAO, la organización de Naciones Unidas para la alimentación. Simultáneamente los cables informan que en Zimbawe una terrible sequía ha causado un racionamiento que entrega seis onzas de maíz por día y dos libras de frijoles por mes. Si a ello se une la disminución del poder adquisitivo de la moneda nacional, con una inflación galopante que asciende ahora a 620%, se comprenderá la angustiosa situación del país africano.

La FAO afirma en su informe que los hambrientos del mundo ascienden ahora a 842 millones, habiendo aumentado en 18 millones más durante el decenio de los noventa. Bangladesh, Haití y Mozambique se encuentran a la cabeza de los depauperados por las privaciones. Le siguen India, Indonesia, Nigeria y Pakistán. En África las tierras cultivables carecen de irrigación.

Mientras de una parte vemos estas carestías, de la otra vemos que se tiran al mar toneladas de mantequilla para mantener altos los precios. Son las consecuencias del sistema capitalista que, con su llamado neoliberalismo, entrelaza capitales y propicia la expansión transnacional de las grandes corporaciones. Sufrimos crisis financieras recurrentes y se mantiene presente el espectro de una recesión mundial. La globalización limita las posibilidades de desarrollo en los países que se encuentran en vías de crecimiento.

El problema principal que plantea la globalización es el raudo desplazamiento de capitales atendiendo los beneficios de las tasas de interés o de las tasas cambiarias. Esas sumas se desplazan con volatilidad y no crean puestos de trabajo ni industrias que aumenten el mercado exportador o el de consumo interno. Crean espejismos y donde aparentemente pudiera existir una gran prosperidad, en realidad no hay sino una imagen que se deshace como una burbuja de jabón al primer impacto negativo. Eso es lo que ha producido desaceleraciones, recesiones y quebrantos en las estructuras bancarias.

La economía mundial se une cada vez más. Las medidas de proteccionismo aduanal, que rigieron hasta un reciente pasado, son vistas como supervivencias de la era paleolítica. Los mercados comunes son más frecuentes. El carácter simbólico de la riqueza se ha multiplicado. Las transacciones electrónicas permiten transferir fortunas de unas manos a otras, por encima de las fronteras, sin que ninguno vea físicamente los caudales en juego. La llamada etapa monopólica del capital, por los economistas del marxismo, ha entrado en una fase superior que propicia que las compañías medianas, y aun las pequeñas empresas, sean engullidas una tras otra por las grandes corporaciones internacionales.

Las trasnacionales se interesan en generar productos y en venderlos solamente donde se pueda adquirirlos. Esto quiere decir que las regiones ricas se harán cada vez más ricas y las pobres, empobrecerán. Los programas de beneficio social no interesan a los inversionistas internacionales. La justicia social no se cotiza en las Bolsas de Valores. A largo plazo la consecuencia del “laissez faire” en las economías más débiles llevará a anular la capacidad adquisitiva de los países no desarrollados. Una nación africana cuya población se duplica cada veinticinco años, con serias deficiencias médicas, educacionales y la ausencia de una planta productiva, no resultará atractiva a los inversionistas porque no constituye un mercado promisorio.

La globalización está creando dos mundos: uno opulento y otro totalmente desprovisto de recursos elementales. El sistema conducirá a un desequilibrio con vastas consecuencias políticas. La aldea global no es justa ni permitirá una satisfacción de las vastas necesidades de las grandes mayorías. El hambre en el mundo crece y con ella el descontento, la desesperación y deja abierta únicamente la puerta revolucionaria como salida a estas privaciones.”

Autor: Lisandro Otero

PARA SABER MÁS:

Comentario de Javier F. Chento

En 1997 compuse una canción que se titula “Los que mueren en Rwanda” (que se grabará en mi próximo disco “En tránsito”) a raíz de de una noticia que leí en un informe de Amnistía Internacional. Rebuscando por Internet encontré la referencia a este artículo.

Recuerdo que la situación que “provocó” está canción fue un comentario de un amigo no creyente: “¿Dónde está tu Dios en estas situaciones?”. Le parecía que la culpa de la muerte y la desgracia del pueblo ruandés (que, desgraciadamente, aún continúa) es de Dios.

Desafortunadamente, es muy cierto lo que dice el artículo que he citado: «Sufren en silencio, sin que al mundo exterior le preocupe apenas su suerte. La manifiesta indiferencia de la comunidad internacional no hace más que animar a las fuerzas de seguridad y a los grupos armados de oposición a continuar matando sin temor a la censura». Esta manifiesta indiferencia no es tan sólo de los gobernantes y las omnipotentes transnacionales… desgraciadamente también le toca al ciudadano de a pie que, en nuestro hastiado de todo “mundo desarrollado” vive, más bien que mal, sin que las situaciones lejanas le preocupen mucho más que una expresión semejante a la de mi amigo: “¡A dónde vamos a parar!”

Quien quiera echarle la culpa de este mal (y de tantos otros que nos rodean) a Dios, va a descubrir que la raíz del mal está en todos aquellos que lo permiten. En el caso del hambre en el mundo, más aún, puesto que nuestro mundo tiene recursos más que suficientes para paliarla, para barrer de la faz de la tierra la lacra de la mortalidad por causa de la falta de alimento: más de 25.000 personas diarias se van por esta causa en el mundo. Cada cuatro días desaparecen del mundo el equivalente a toda la población de mi ciudad, Barakaldo.

Y en el caso de las guerras, los genocidios que sufrimos en el día a día y que saturan de tristeza y malas noticias nuestros telediarios, también. España tiene el dudoso honor (más bien, la gran deshonra) de ser la octavo país del mundo en el ranking de las potencias vendedoras de armas.

¿Qué puede hacer Dios ante tanto dolor? Lo que siempre ha hecho y siempre hará, porque no puede hacer otra cosa: amar y sufrir. Y esperar a que el hombre recupere en sentido y sea realmente racional, y no la mula descerebrada que es en estos momentos.

Y, ¿qué puede hacer el hombre de a pie, que paga su hipoteca y saca adelante una familia? Seguro que mucho, también. Llevo años diciendo en grupos de jóvenes, conciertos, seminarios, convivencias… que una de las cosas (importantes) que podemos hacer nosotros es no apoyar a las transnacionales. Los Levis, Cocacolas, Lacostes, etc… se nos están llevando por delante muchas vidas y muchas dignidades. Y lo pueden hacer porque nosotros seguimos comprándoles. Y segundo y último, por no seguir en un listado interminable: ser austeros y solidarios. Son palabras que se entienden bien y que se tragan mal. Pero no hay más remedio. Y para el creyente: es un imperativo que viene del mismo Jesucristo: leamos Mateo 25 y a ver quién se mantiene en pie aún.

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